El sueño que nadie contó bien
Marcharse fue el error de creer un sueño que nadie contó bien. / Javier Albarracín
Del joven de aquella sala de espera —el del centro médico, del que hablé en «Al otro lado del Mediterráneo»— me dejó una imagen: a las cinco de la mañana, en bicicleta, camino de cualquier campo donde alguien pudiera señalarlo con el dedo y darle una jornada. A esa misma hora, a más de seis mil kilómetros, las mujeres de Hamdallaye empezaban a cargar barreños para llenar el tanque de agua. Sin olvidar los niños que día a día recorren kilómetros en Diassya para apiñar maderas y colaborar en la economía familiar en la aldea.
La misma madrugada, en las dos orillas. La diferencia es que a él, casi todos los días, nadie lo señalaba. Y aun así estaba en Europa. Había cumplido el sueño.
Ese es el sueño que nadie le contó bien.
Ese hombre no es una excepción: es la norma entre los inmigrantes en situación irregular en España. Y cuando uno entiende eso, toda la imagen que tenía de la inmigración africana cambia de sitio.
Antes de emigrar, la mayoría ha construido una idea de España a base de retazos: las imágenes de las redes, las cadenas de televisión españolas que se ven en el Magreb, el dinero que algunos mandan a casa —que allí es un mundo, porque muchas cosas son más baratas—.
De ahí sale una vida que a ellos les parece de lujo: calles limpias, tráfico........
