La derrota de Orbán es una oportunidad para Europa
Viktor Orbán y Péter Magyar votan en las elecciones legislativas de Hungría
Javier Vendrell Camacho
Las elecciones parlamentarias del 12 de abril de 2026 en Hungría han puesto fin a dieciséis años de corrupción institucionalizada, ataques al Estado de Derecho, obstrucción a la integración europea, y hasta colusión con el enemigo (Putin). La derrota de Viktor Orbán no es solo un cambio de gobierno nacional: es un alivio para Ucrania y una gran oportunidad política para toda la Unión. Una ventana que, si no se aprovecha antes de las elecciones presidenciales francesas de abril de 2027, puede volver a cerrarse con la misma rapidez con la que se ha abierto. La victoria aplastante del partido de centro-derecha Tisza, con más de dos tercios de los escaños, supone también una derrota para Moscú, y la internacional reaccionaria de Trump y Le Pen.
Durante años, Budapest ha actuado como un actor de bloqueo sistemático en el seno de la Unión Europea. No se trataba únicamente de diferencias legítimas, sino de una práctica reiterada y abusiva del derecho de veto como instrumento para obtener contrapartidas, en política exterior sobre todo, y que ha debilitado la capacidad de acción europea en momentos críticos. En particular, frente a la agresión rusa contra Ucrania, Hungría ha sido el eslabón más frágil de la cadena europea, cuando no directamente un factor de distorsión al servicio del Kremlin, bloqueando el préstamo de 90.000 millones de euros en favor del país agredido, y el vigésimo paquete de sanciones a Rusia, como instrumento de presión a Zelensky para que reparara un oleoducto que lleva petróleo desde la Federación Rusa a Europa central. Además de compartir información confidencial con Putin, todo ello en violación de la obligación de cooperación leal y sincera. Es de lamentar que ninguna institución europea haya sido capaz de denunciar estas graves ilegalidades ante el Tribunal de Justicia. Al menos Zelensky ha aguantado el tirón y no ha aceptado entrar en el juego del chantaje de Orbán y no ha reparado la infraestructura de marras. Otra cosa es lo que pueda acordar con el nuevo gobierno en Budapest.
La nueva etapa húngara debe traducirse, sin dilaciones, en decisiones concretas. La aprobación del paquete de asistencia financiera a Ucrania, no puede seguir bloqueada. Tampoco el vigésimo paquete de sanciones contra Rusia. Estos son instrumentos esenciales para sostener a Ucrania y para preservar la seguridad europea. Pero sería un error —y uno recurrente en la historia de la integración— confundir la resolución de un problema político concreto con la solución de un problema estructural. La salida de Orbán no elimina el verdadero talón de Aquiles de la Unión: la regla de la unanimidad en determinadas políticas fundamentales.
Mientras decisiones cruciales en política exterior, seguridad o presupuestos sigan dependiendo del veto de un solo Estado miembro, Europa seguirá siendo vulnerable a bloqueos, chantajes o simples cambios de ciclo político nacional, condenándola a la parálisis y la irrelevancia en política internacional. Hasta ahora ha sido Hungría; mañana puede ser cualquier otro. El populista eslovaco Fico también se había sumado al veto húngaro y habrá que ver en las próximas semanas si es capaz de mantener él solo el bloqueo al resto de socios.
Por tanto, el momento exige algo más que celebrar un resultado electoral favorable, sobre todo teniendo en cuenta que el nuevo primer ministro, Péter Magyar, no es precisamente un eurófilo, sino un antiguo miembro del partido de Orbán con un perfil muy conservador. Por ello, el Consejo Europeo debería abordar sin enseguida una reforma del funcionamiento de la Unión antes de que las elecciones presidenciales francesas de 2027 puedan derivar en una victoria del Frente Nacional. Las cláusulas pasarela permiten extender por decisión unánime la votación por mayoría cualificada a ámbitos clave. Si esto no es posible, las cooperaciones reforzadas ofrecen una vía para avanzar por los Estados miembros favorables en política exterior y defensa sin quedar paralizados por los renuentes. En cuanto a la reforma de los Tratados, basta una mayoría simple entre los jefes de estado y de gobierno para empezar el proceso.
Europa no puede depender de que los vientos políticos soplen a favor para funcionar. No puede ser una unión eficaz solo cuando coinciden mayorías nacionales alineadas. Si quiere ser un actor geopolítico creíble, debe superar los vetos nacionales y garantizar su capacidad de decisión con independencia de los ciclos electorales.
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