La dignidad como vacuna

La portavoz del PP en el Congreso, Ester Muñoz, y el presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, durante una sesión de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados, a 18 de febrero de 2026, en Madrid (España). / Eduardo Parra - Europa Press

Ya sé que el cerebro no está diseñado para la felicidad, sino para la supervivencia. Pero no creo que eso sirva de coartada para justificar a quienes se empeñan en amargarnos la vida. Por un lado, tenemos las modernas plagas de Egipto que sabotean la vida cotidiana de miles de personas; pueden ser las listas de espera en la sanidad, la mierda que se desparrama por Internet o, desde luego, el nefasto funcionamiento de Rodalies que, por cierto, dado el tiempo que hace que dura, debería servir de mordaza a tantos exégetas de los supuestos privilegios catalanes. Y, por otro lado, la política sigue acumulando momentos donde la dosis de veneno ya resulta insoportable; por ejemplo, la comparecencia de Feijóo en la comisión parlamentaria de la dana, uno de esos días para pintar de rojo en el calendario del hartazgo. Hay que tener un cuajo de campeonato o muy mala sangre para, después de un año sosteniendo al impresentable de Mazón, esparcir mierda en todas direcciones y aprovechando, además, la tragedia de Adamuz. Descarrilamiento contra riadas. España no es país para autocríticos; ni para sutilezas.

Por suerte, no todo resulta tan deprimente y nos ha regalado una enorme lección de dignidad alguien que ya no está entre nosotros. El periodista Carlos Hernández, comprometido desde hacía años en dar voz a víctimas del franquismo y el nazismo, escribió una carta para ser publicada después de su muerte, dirigida a los lectores de elDiario.es. «Esas víctimas -decía- no dejaron de repetir que el fascismo no había muerto, que seguía agazapado esperando el momento para resurgir». Su mensaje póstumo, preñado de llamamientos a defender la democracia y de palabras de amor al oficio de periodista, fue publicado incluso en las páginas de The Guardian. «He sido una persona muy afortunada -concluía- y el fundido a negro que tengo por delante es el que, paradójicamente, da sentido a nuestra existencia». No se puede sentir más orgullo por un compañero que dio todo el sentido a la frase: «Para ser buen periodista es imprescindible ser una buena persona».

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