Las alternativas a Ormuz
Trump ejecuta el bloqueo de Ormuz
El bloqueo del estrecho de Ormuz no es una crisis puntual, sino la evidencia de una dependencia estructural que Europa ha decidido ignorar durante décadas. El encarecimiento de los precios del petróleo y del gas arrastran a muchas otras materias y servicios hacia una escalada que dificulta una salida airosa de la situación iniciada el pasado 28 de febrero, tras los ataques al régimen de los ayatolás de Irán.
Es evidente y, así lo hemos vivido, cómo cada crisis provoca la reconfiguración del tráfico de mercancías y, sobre todo, del tránsito del petróleo, que sigue siendo el gran motor económico mundial. Desde que se inició este conflicto, son muchos los que han identificado en el mapa el estrecho de Ormuz: un paso de apenas 150 kilómetros de largo y poco más de 30 kilómetros en su punto más estrecho, que concentra un poder desmesurado controlado por dos países con los que las relaciones diplomáticas para muchos son complicadas o, en algunos casos, inexistentes. La realidad es que, durante demasiado tiempo, Irán y Omán han concentrado el amplio poder de controlar uno de los principales puntos de tránsito del petróleo mundial sin que Europa se preocupara lo más mínimo. Mientras tanto, otros países cercanos se afanaban por construir infraestructuras para evitar esa dependencia global de sus vecinos respecto al crudo.
China y EEUU han ido tejiendo relaciones comerciales con normalidad, priorizando sus intereses estratégicos frente a consideraciones internas del régimen iraní. Europa, mientras tanto, optó por la omisión de acciones subestimando el coste económico y el riesgo estratégico que suponía la ausencia de relaciones bilaterales y de acuerdos regionales con Teherán o con Omán. Curiosamente, la semana pasada y, ante el nuevo contexto geopolítico, el ministro Albares anunciaba la reapertura de la embajada española en Irán como una "apuesta por la paz". Sin duda, un movimiento diplomático y estratégico táctico que llega tarde y que deberá demostrar si responde a una estrategia sostenida o a una reacción coyuntural.
La guerra en Oriente Medio lo ha vuelto a evidenciar. No se trata solo de seguridad, sino también de mantener relaciones y una diplomacia activa y comprometida. Europa no solo debe pensar en rearmarse, sino en liderar una estrategia encaminada a crear y consolidar unas relaciones comerciales y culturales con los países de Oriente Medio que nos sitúe como actores formales y activos en un entorno mundial cambiante, donde los 27 deberían tener una sola voz. Debemos identificar a aquellos aliados naturales que nos permitirán sobrevivir ante un nuevo escenario global. En este contexto, cabe destacar el papel de Arabia Saudí. Un país cuatro veces mayor que España donde residen 36 millones de habitantes, de los cuales casi el 70% son menores de 35 años. Se trata de un país emergente que, a lo largo de estos últimos 20 años, ha crecido de forma exponencial y que se ha esforzado por crear una identidad y economía propia entre todos los países de la península arábiga. La Visión 2030, instaurada por el príncipe heredero MBS, ha permitido al reino minimizar la dependencia del petróleo y abrir la economía a otros sectores estratégicos y seguir creciendo para posicionarse como líder natural en el entorno del GCC. Las inversiones masivas y billonarias en infraestructuras a lo largo de esta última década han avivado la llegada de empresas y fondos extranjeros que buscan desarrollar sus negocios en Oriente Medio y poder, así, alcanzar un mercado de más de 300 millones de consumidores desde un lugar atractivo fiscalmente y donde el coste de la inversión –de momento-, es menor que en otros lugares cercanos, como Emiratos, catar o Omán.
Archivo - Imagen por satélite tomada por la NASA del estrecho de Ormuz / -/The Visible Earth/NASA/dpa - Archivo
Pero, lo que nos concierne, es la inversión en la construcción de nuevos puertos, aeropuertos, carreteras y corredores logísticos terrestres, como el conocido East-West Pipeline operado por Saudi Aramco, que conecta, a través de un oleoducto de 1.200 km, el Golfo Pérsico con el Mar Rojo en el puerto de Yanbu, sin necesidad de depender del estrecho de Ormuz y por el que pasan diariamente millones de barriles de crudo, lo posiciona como actor protagonista e indiscutible de este nuevo tablero mundial. Su neutralidad en esta última crisis y su capacidad de relacionarse indistintamente con China y EEUU, así como mantener discretas pero firmes relaciones con Pakistán, le convierten en un aliado clave para una Europa que debe apresurarse en la búsqueda de aliados fiables y en la búsqueda de soluciones para la adquisición de materias primas como el petróleo y nuevos mercados atractivos para sectores como la industria de la seguridad y defensa, la agricultura, salud, turismo y cultura.
Europa y, especialmente, España tienen la oportunidad de apostar por un aliado estratégico en un recorrido diplomático y relacional de larga distancia, que puede aportar multitud de beneficios no solo para acelerar nuestra economía sino también para afianzar un posicionamiento interno dentro de los ejes que dominan el mercado común europeo. Nuestros líderes deben tomar decisiones valientes, pues la nueva arquitectura de poder que nos rige es volátil y cambiante y exige respuestas inmediatas que nos permitan posicionarnos rápidamente en el nuevo contexto global. Sobrevivirán, no los que reaccionen, sino los que sepan anticiparse.
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