Un concierto sublime
Concierto en el Auditorio de la Diputación de Alicante, en una imagen de archivo. / INFORMACIÓN
No son todos los que están ni están todos los que son. Eventos que se venden como punteros, agotan localidades y sobre los que tienen la mirada puesta desde muchos aficionados, a la postre, no son para tanto. Mientras actividades que pasan desapercibidas resultan verdaderas joyas para quien tiene la suerte de disfrutarlas. El Domingo de Ramos sucedió una de ellas en el ADDA, y me gustaría quedase fijada, negro sobre blanco, en las hemerotecas, ya que desconfío de la volatilidad de las fotos que van y vienen en las redes sociales.
La Orquesta Sinfónica del Teatro Castelar y la Coral de la Universidad de Alicante interpretaron un programa de música sacra que no tuvo nada que envidiar en calidad y nivel artístico al que ofrecen otras formaciones profesionales de postín. Mozart, Verdi y Fauré sonaron a gloria.
El trabajo realizado por los directores Octavio J. Peidró y Shlomo Rodríguez devino en exquisitez compartida. El resultado no surge de la casualidad, sino de unos ensayos maratonianos que incluyen, por parte del coro, desplazamientos a las localidades implicadas, en este caso Elda, a altas horas de la noche un día laborable. Pero todo compensa cuando en un espacio de una acústica tan formidable como el ADDA se es partícipe de la excelencia.
Octavio J. Peidró dirigió a la Sinfónica del Castelar dejándose la piel, con contundencia, viviendo en su cuerpo cada nota. Logrando que la orquesta sonara como una verdadera formación sinfónica de altura, con un sonido limpio, pero sin tapar en ningún momento las voces de la coral que, empastadas y con una delicadeza extrema, supieron extraer toda la belleza a un “Réquiem” de Fauré que por ahora es el mejor que hemos escuchado en Alicante. Qué sería de la vida sin momentos así.
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