Inocente |
La Glorieta en aquellos años. / COLECCIÓN A.L.GALIANO
Ha quedado atrás la Navidad, que este año ha venido acompañada de una subida alarmante en los precios, en todo aquello que, a pesar de que ahora se puede consumir durante los doce meses la mayor parte de esos productos, antes eran prohibitivos. Recuerdo cuando se criaba al pavo con mimo para que llegase a estas fechas, y cómo cuando el ave se resistía una vez degollado salía corriendo por el pasillo de la casa queriendo huir con el cuello colgando.
Efectivamente, los días navideños han transcurrido. Antes se vivía ya no solo el primero, sino también el segundo y el tercero, que nos abocaban como en una frenética carrera pedestre hacia San Silvestre, cuya festividad coincide con el último día del año, aunque ahora la carrera que lleva su nombre se adelanta de fechas en numerosas poblaciones. Ahora y antes, entre esos tres días de Navidad y San Silvestre, el calendario nos hace vivir el recuerdo de los Santos Inocentes, considerados como los primeros mártires cristianos, cuya celebración litúrgica se celebraba ya en la segunda mitad del siglo IV, siendo expandida a todo el Orbe. Este suceso hagiográfico que viene descrito en el capítulo segundo del Evangelio de San Mateo lo recuerdo de niño que me llamaba la atención cómo lo narraba mi «Álbum popular de Santoral» (1947). Y, como actualmente prácticamente se ignora todo lo que huela a Historia y sobre todo la Historia Sagrada, he tenido la tentación de transcribir parte del texto que acompaña a la estampa de los Santos Inocentes, por si alguien tuviera que explicarle a algún hijo/a o nieto/a (sobre todo) qué es eso de los Santos Inocentes: «Cuando los Reyes Magos se dirigían a adorar al Niño Jesús, al llegar a Jerusalén preguntaron dónde había nacido el Rey de los judíos. Ello empezó a inquietar al Rey Herodes, el cual, enterado más tarde del prestigio que Jesús empezaba a adquirir ya de pequeño, temió que llegara a........