Las fiestas extraordinarias de 1885 en Elche una celebración tras la epidemia
Dibujo de cómo podrían ser las carreras de conejos en el puente de la Virgen en 1885 / Antonio J. Rodríguez Soler
El año 1885 ocupó un lugar singular en la historia de Elche. Aquel año las tradicionales fiestas en honor a la Virgen de la Asunción no pudieron celebrarse en su momento habitual. Como era costumbre, la ciudad debía reunirse a mediados de agosto, en torno a los días 13, 14 y 15, para honrar a su patrona con funciones religiosas, música, festejos populares y diversos actos que reunían a vecinos y visitantes. Sin embargo, la epidemia de cólera que afectó a numerosas poblaciones españolas obligó a suspender aquellas celebraciones. Las autoridades y la población temían que la concentración de gente favoreciera la propagación de la enfermedad, por lo que las fiestas quedaron aplazadas hasta que la situación sanitaria permitiera retomarlas con seguridad.
Con la desaparición del peligro, la ciudad decidió no renunciar a sus celebraciones. Al contrario, quiso convertirlas en un acto de agradecimiento colectivo por haber superado la epidemia. Así se organizaron unas fiestas extraordinarias que se celebraron finalmente entre los días 21 y 25 de octubre de 1885. Durante esas jornadas, Elche volvió a llenar sus calles de música, actos religiosos, cabalgatas, espectáculos y gestos de solidaridad, en un ambiente que mezclaba el alivio por el fin del cólera con el deseo de recuperar la normalidad de la vida pública.
Las celebraciones comenzaron con alboradas y repiques generales de campanas, acompañados por pasacalles musicales que recorrían la población desde primera hora de la mañana. La banda dirigida por el señor Sánchez tuvo un papel destacado en estos recorridos musicales, participando en diversos momentos del programa festivo. También intervino la charanga de caballería organizada por D. Rafael Buyolo, que aportó un elemento vistoso y solemne a los desfiles y cabalgatas.
Entre los actos religiosos, la iglesia de San José acogió una de las primeras misas solemnes del programa. Sin embargo, el centro principal de las celebraciones religiosas fue la insigne iglesia parroquial de Santa María, donde se celebraron los actos más importantes: misa mayor cantada con sermón, vísperas solemnes, funciones litúrgicas, procesiones y la representación de la muerte natural de María Santísima. En ese mismo templo tuvieron lugar también los cultos de la octava, prolongando así la solemnidad religiosa más allá de los días centrales de la fiesta.
Entre las prácticas religiosas que formaban parte del programa figuraban también las novenas, una devoción tradicional en la que durante nueve días consecutivos se realizan oraciones o ceremonias dedicadas a una advocación religiosa. En este caso, las novenas se celebraban en honor a la Virgen de la Asunción como expresión de gratitud por el final de la epidemia.
Las calles y plazas de la ciudad se convirtieron también en escenario de numerosos actos festivos. El Puente de la Virgen fue uno de los espacios más animados, pues allí se celebraron las corridas de pollos y conejos, así como las tradicionales cucañas. El puente fue adornado para la ocasión con arcos de palmas, flores, ramaje y farolillos de estilo veneciano, creando un ambiente especialmente vistoso.
La calle de Santa Ana fue otro de los lugares destacados del programa festivo. En ella se organizaron corridas de vacas entre barreras, que atraían a gran cantidad de público. Además, desde este punto de la ciudad se dispararon varios espectáculos de fuegos artificiales.
Otras plazas y espacios urbanos también participaron en las celebraciones. La plaza del Arrabal de San Juan, la Plaza Mayor, la plaza de la Merced y diversos puntos de la ciudad acogieron iluminaciones, repiques de campanas y espectáculos pirotécnicos. El paseo de la Estación se convirtió en escenario de conciertos ofrecidos por la banda de música, mientras que desde la propia Estación se disparó uno de los grandes castillos de fuegos artificiales del programa.
Uno de los actos más llamativos fue la gran cabalgata festiva, que partió de la plaza de la Constitución. Este desfile representaba antigüedades y tradiciones de la ciudad y estaba acompañado por diversas comparsas: indios, locos, viejos, viejas, aldeanas, enanos y gigantones, además de músicos y participantes disfrazados. Las comparsas y representaciones aportaban colorido y humor al recorrido, convirtiendo el desfile en uno de los momentos más esperados por la población.
Las fiestas incluían también danzas tradicionales ejecutadas por jóvenes de la ciudad en distintas plazas. Además, el Casino organizó un baile de sociedad, que reunía a los asistentes en un ambiente más elegante y propio de las celebraciones de las clases acomodadas.
Entre los espectáculos más admirados figuraban los fuegos artificiales, muy abundantes durante aquellas jornadas. Desde la torre de la iglesia de Santa María se lanzó la famosa palmera de cohetes, uno de los momentos más impresionantes de las celebraciones nocturnas, que iluminaba el cielo de la ciudad y reunía a numerosos espectadores.
Pero las fiestas de octubre de 1885 no fueron solo un conjunto de actos religiosos y recreativos. Tras los meses difíciles provocados por la epidemia, muchas familias se encontraban en una situación económica delicada. Por esta razón, diversas asociaciones y entidades de la ciudad organizaron repartos de alimentos, ropa y limosnas destinados a personas y familias en situación de necesidad, convirtiendo las fiestas en una ocasión de solidaridad colectiva.
La Juventud Ilicitana repartió 300 raciones de pan, 300 de arroz y 300 de carne entre vecinos necesitados. El Círculo Obrero, integrado principalmente por jóvenes artesanos, distribuyó 300 raciones de arroz entre familias con dificultades económicas.
La sociedad denominada "La Misa de once" entregó 48 pares de alpargatas, 25 mantones, 20 camisas, 12 mantas, 12 marineras, 13 elásticos y 20 cortes de pantalón para su reparto entre personas necesitadas. La sociedad Josefina, que sostenía la misa de diez, distribuyó 300 libras de pan entre los vecinos con menos recursos.
El Círculo Industrial contribuyó con 400 pares de alpargatas, 40 mantas y 40 mantones destinados a familias necesitadas. Por su parte, el Casino organizó la distribución de 750 lotes de una peseta cada uno, entregados por señoritas de la ciudad. También se menciona la entrega de diez bonos de una peseta enviados por la junta directiva del Casino para repartir entre personas necesitadas.
Estos repartos se realizaron en distintos puntos de la ciudad. En algunas casas particulares se distribuyeron raciones de comida; en el local del Círculo Obrero, situado en la calle de los Árboles, se entregó arroz; en la plaza de Santa María se repartieron prendas de vestir; en los salones del Casino se distribuyeron limosnas; y en los locales del Círculo Industrial se entregaron mantas, mantones y alpargatas.
Las fiestas atrajeron además a numerosos visitantes procedentes de otras localidades cercanas. La prensa de la época menciona la llegada de viajeros desde ciudades como Alicante, lo que demuestra que las celebraciones ilicitanas ya tenían entonces una notable capacidad de convocatoria.
Las fiestas extraordinarias de octubre de 1885 constituyen, por tanto, un episodio singular en la historia de Elche. No solo supusieron el traslado excepcional de las fiestas patronales desde agosto hasta octubre, sino que también representaron una respuesta colectiva ante una situación extraordinaria. Después de meses de preocupación y enfermedad, la ciudad volvió a reunirse en sus calles y templos para celebrar, agradecer y ayudar a quienes más lo necesitaban.
Aquel octubre de 1885 quedó así como el momento en que Elche recuperó públicamente su vida festiva tras la epidemia. Las luces, la música, las procesiones, las cabalgatas, los fuegos artificiales y los actos de caridad fueron, al mismo tiempo, expresión de fe, de alegría y de solidaridad. En ese sentido, aquellas fiestas extraordinarias no fueron solo una celebración, sino también un símbolo de la capacidad de la ciudad para sobreponerse a la adversidad y reafirmar sus tradiciones.
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