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Conservación y mantenimiento de presas hidráulicas

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Conservación y mantenimiento de presas hidráulicas / Antonio Gil Olcina

Para el control de avenidas que circulaban sin provecho y a veces con daño en una tierra sedienta, se recurrió a la construcción de pantanos en el sureste ibérico. Los de Almansa (1578) y Tibi (1593) fueron los primeros, si bien el segundo, embalse modélico hasta muy avanzado el siglo XVIII, superó, con mucho, a aquel en celebridad y trascendencia. Tras dichos reservorios, aún en funcionamiento, se levantan durante la centuria siguiente los de Elche, Elda, Onteniente y, probablemente, los de Petrel y Alcora, además de un intento fallido en Lorca, sobre el Guadalentín. Al setecientos corresponden Lébor, en Totana, Relleu y, sobre todo, los gigantescos para la época hiperembalses de Puentes (52 hm3) y Valdeinfierno (proyectado para 29 hm3); antecedentes obligados de las grandes presas actuales y, con diferencia, el primero, cuya capacidad no sería superada en España hasta 1912 por el de Guadalcacín, el mayor de los realizados en Europa hasta entonces. Su rotura, por error de cimentación, el 30 de abril de 1802, ocasionó la mayor catástrofe de la historia hidráulica española, con 608 víctimas y daños evaluados en más de 34 millones de reales de vellón. La ruina del hiperembalse fue argumento capital de los adversarios de los pantanos en la polémica sobre estos que tuvo por caja de resonancia París durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. En el estrecho de Puentes quedó comprometido el futuro de las grandes presas; y allí mismo se abrió paso definitivamente gracias a la construcción entre 1881 y 1885, en régimen de concesión, de la tercera presa, que durante una centuria larga, hasta su reemplazo por una cuarta el año 2000, ha resistido las descomunales riadas del Guadalentín.

A comienzos del siglo XX la práctica totalidad de las aguas fluviales españolas eran fluyentes, y en los grandes ríos alóctonos tan solo existían azudes (Contraparada en el Segura, Antella en el Júcar, Bocal del Canal Imperial como prototipos) para la derivación lateral de los caudales perennes, muchas veces deteriorados o arruinados por las avenidas y otras tantas rehechos. Los contados pantanos, a cuya cabeza, por capacidad, figuraban la tercera presa de Puentes (32 hm3) para riego y la de El Villar (29 hm3) en el sistema de abastecimiento a Madrid, radicaban en ríos-rambla o ríos autóctonos de módulos reducidos, y su cabida conjunta no alcanzaba 100 hm3; en llamativo e impresionante contraste, al concluir la centuria los reservorios eran casi 1.100 y la suma de sus vasos rondaba los 55.000 hm3, si bien el 35 % correspondía exclusivamente a producción hidroeléctrica, concentrada en las cuencas del Norte, Ebro, Duero y Tajo; en este último curso la demanda consuntiva es asimismo muy importante y predomina notoriamente en Guadiana, Guadalquivir, Júcar y Segura.

Al primero de los usos tradicionales por volumen, al agrícola, que supone, aproximadamente, el 80 % de la demanda y el 90 % del consumo, se sumó con rapidez, en la segunda mitad del siglo XX, el aprovechamiento hidroeléctrico. En poco más de treinta años se pasó de minicentrales en azudes de alzada inferior a 10 m a los 95 m del pantano de Ricobayo (1.048 hm3) en 1935, que fue hasta la construcción de Alarcón por la Unidad Sindical de Usuarios del Júcar (USUJ), veinte años después, el mayor de los hiperembalses españoles. Otro avance digno de mención constituyó la terminación, en 1962, sobre el tramo fronterizo del Duero de la presa de Aldeadávila, con una potencia instalada de 1.138.200 Kw; si bien su vaso resulta muy inferior a los cerrados en los mayores hiperembalses de finalidad hidroeléctrica, que son los de Alcántara (3.137 hm3) sobre el Tajo y el de Almendra (2.649 hm3) en el Tormes; al primero solo excede en España el de La Serena (3.232 hm3), que retiene las aguas del Zújar, primordialmente para riego. Con todo, el mayor de los hiperembalses de la Península Ibérica es, sobre el Guadiana, el portugués de Alqueva (4.100 hm3), que inunda 250 km2, de los cuales 215 en el Alentejo y 35 en Extremadura.

Obviamente la intensa regulación de ríos-rambla, cursos autóctonos y alóctonos ha modificado sustancialmente sus regímenes, al extremo de invertirlos en ciertos casos, ya que los desagües se supeditan y acompasan al ritmo de las demandas, resultando las agrícolas particularmente intensas en verano, ya que los climas más extendidos en la Península Ibérica son los templados de verano seco, particularidad estacional de raigambre subtropical. Así pues, la actuación hidráulica de mayor proyección, globalmente considerada, en la alteración de los regímenes fluviales españoles ha sido la regulación producida por los embalses; ello no supone, en modo alguno, infravalorar otras causas y actuaciones, tales como elevaciones de aguas fluviales por instalaciones de enorme potencia, cuyo ejemplo prototípico es el aprovechamiento hidroeléctrico de Cortes-La Muela, los trasvases, planes de defensa contra avenidas o la explotación de acuíferos drenados en mayor o menor medida por los ríos.

El riesgo de lluvias explosivas obliga a reforzar la seguridad de 58 presas / INFORMACIÓN

Desde las presas romanas en la cuenca del Guadiana (Proserpina, Cornalvo, Consuegra) a los colosales hiperembalses actuales (La Serena, Alcántara, Almendra) la tipología es bien diversa: pantallas verticales con apoyo de terraplenes, contrafuertes, gravedad, escollera, bóveda-cúpula y bóvedas múltiples, sin que falten algunas otras variantes. Sin apenas excepción, quizá Relleu, que cierra una cuchillada en la roca del río-rambla Amadorio, hasta comienzos del siglo XX las presas fueron de gravedad; a este tipo responde el contraembalse de Cenajo (437 hm3) y también la presa de La Serena, la de mayor capacidad de España, sobre el río Zújar. El desarrollo de las presas bóveda, aunque no falte algún precedente, se produjo ya en la segunda mitad de dicha centuria.

Con solo recordar un par de cifras (1.100 embalses y 55.000 hm3 de capacidad) no es preciso encarecer lo que suponen el mantenimiento y conservación de este colosal y vital patrimonio hidráulico, a cargo de las Confederaciones Hidrográficas y de las sociedades concesionarias. El asunto ha cobrado gran actualidad por doble motivo: en primer lugar, los problemas existentes en la red ferroviaria, tanto en media y larga distancia (alta velocidad incluida) y cercanías, donde contingencia e insuficiente mantenimiento no resultan exclusivos de Cataluña; además de los perjuicios de todo tipo que sufren los usuarios, particularmente los cotidianos, las denuncias relativas a condiciones de seguridad manifiestamente mejorables, formuladas por personal tan cualificado como los maquinistas, han generado fundada preocupación y natural alarma. De manera que, dadas las circunstancias meteorológicas e hidrológicas imperantes durante enero y la primera mitad de febrero, nada tiene de sorprendente que el gran público, incluso algunos especialistas, se hayan sentido tentados, con más o menos fundamento, a pedir que se valore el grado de mantenimiento y conservación de las presas hidráulicas, la gran mayoría con más de medio siglo en funcionamiento.

El mes y medio indicados han sido sumamente lluviosos en la mitad occidental de la Península Ibérica; en España, las tierras andaluzas, a excepción de Almería, extremeñas y gallegas; con frecuentes e intensas nevadas en las cordilleras Cantábrica, Central, Ibérica, Penibética y Pirenaica, también ha hecho acto de presencia la nieve en las Mesetas meridional y, sobre todo, septentrional. Aportadas dichas precipitaciones por familias de potentes borrascas atlánticas, que, articuladas a latitudes inferiores a las habituales por la corriente en chorro templada y a favor de una prolongada fase negativa de la Oscilación Noratlántica (NAO), han alcanzado de lleno la Península, una decena de ellas con nombre propio; estas borrascas han aportado aire tropical marítimo de elevada humedad específica e inherente a ella alto potencial energético latente; su liberación en el proceso de condensación propicia el ascenso del aire tropical, que, atenuado su enfriamiento, evoluciona con reducido gradiente pseudoadiabático. Los mecanismos que disparan ese aire en la vertical son diversos: frontogénesis, en especial anafrentes fríos, convergencia ciclónica de vientos en superficie y convección forzada impuesta por el relieve, con el ejemplo prototípico de la sierra gaditana de Grazalema. Además de vientos de gran recorrido, huracanados a veces; con los subsiguientes fenómenos costeros (mar arbolada, montañosa y de gravísimo peligro), a los efectos que ahora interesan, secuelas de diluvios copiosos, intensos y duraderos, a los que se han añadido la fusión de nieves, han sido grandes crecidas fluviales, desbordamientos e inundaciones, con embalses al límite de su capacidad, algunos vertiendo por los aliviaderos, con riesgo incluso de hacerlo por coronación, motivo añadido de preocupación en determinados casos.

Resulta obligada la mención de un episodio valenciano que muestra la vital importancia de la preservación de las presas: popularmente, en la Ribera del Júcar para referirse a la trágica inundación de 20-21 de octubre de 1982 nunca se habla de "riuada", sino de "pantanada", para aludir a la rotura de la presa de Tous, motivada por una clamorosa falta de mantenimiento. En efecto, planteada la necesidad ineludible de desembalsar, ni el mecanismo automático y tampoco el manual de apertura de compuertas funcionaron, de manera que la enorme avenida del Júcar rebasó la coronación, tajó y arruinó el dique de escollera, agravando la catástrofe.

Presas como esta obstaculizan el movimiento natural de los peces / J.J.Guillen

Por más que las actuales Confederaciones Hidrográficas no sean más que meros apéndices de un ministerio de original y heterogénea denominación, carentes de la autonomía de que gozaron las Confederaciones Sindicales Hidrográficas (1926), son, sin duda, los organismos idóneos para el cuidado y protección de las presas en sus respectivas demarcaciones; siempre que se las dote de los medios necesarios y la configuración de sus cuadros directivos se produzca desde la valoración de los conocimientos técnicos y la capacidad de gestión, al margen del clientelismo político y del encuadre, como tributarios o beneficiarios, en extremismos que, simplemente, sin más, denigran y rechazan toda obra hidráulica.

Aunque en la conservación del millar largo de presas diste de ser la cuestión de más entidad y preocupante, resulta manifiestamente mejorable la atención (preservación, difusión de su conocimiento y promoción de su declaración como Patrimonio de la Humanidad) al excepcional conjunto de pantanos surestinos de los siglos XVI a XIX; entre ellos, el modélico y prototípico de Tibi, aún en funcionamiento con más de cuatrocientos años.

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