menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El Palmeral de Elche: antes de ser patrimonio fue contado

17 0
19.03.2026

Así es el vídeo con el que el Palmeral de Elche celebra sus 25 años de Patrimonio de la Humanidad

Con la llegada de la democracia, Elche despertó despacio, como despiertan los paisajes antiguos cuando alguien vuelve a mirarlos con atención. Nada fue inmediato ni sencillo. Hubo que aprender a gobernar y, sobre todo, a proteger. Porque proteger exige una lucidez que va más allá de la norma: supone reconocer que merece ser salvado antes de que sea demasiado tarde.

El Palmeral de Elche, el más extenso de Europa, llevaba siglos ahí, creciendo en silencio, resistiendo al tiempo y a los hombres. Pero durante demasiado tiempo su supervivencia había quedado confiada a la costumbre, a la memoria oral, al «siempre ha estado ahí». Y eso, en los años de la especulación y el crecimiento sin medida, era una forma peligrosa de abandono.

Las palmeras no son solo árboles. Allí donde brotan, brota también la vida. Lo supieron las civilizaciones antiguas: en Mesopotamia y Egipto fueron símbolo del orden del mundo y del árbol de la vida; en Grecia y Roma, emblema de victoria y honor; en el cristianismo, signo de martirio y triunfo espiritual; en el judaísmo, bendición divina; en el islam, hospitalidad, promesa de paraíso, vida concedida por Dios. La palmera siempre ha hablado de resistencia, de esperanza, de trascendencia.

Tal vez los ilicitanos tardamos en comprender plenamente esa dimensión simbólica y la extraordinaria belleza del paisaje que nos rodeaba. Por eso fue decisivo que, a comienzos de los años ochenta, el Ayuntamiento de Elche supiera leer el Palmeral no solo desde la ley, sino desde la historia y desde la vida cotidiana. Entenderlo como una unión invisible que une los oasis del Oriente antiguo con el presente de la ciudad.

Un huerto de palmeras, en una imagen reciente. / Matías Segarra

En ese momento clave, el alcalde Ramón Pastor supo ver con claridad que el palmeral no podía seguir dependiendo solo del respeto heredado. Los paisajes también se pierden cuando nadie los defiende por escrito. Protegerlo era un acto político, sí, pero sobre todo un compromiso moral con la ciudad y con las generaciones futuras. Aquella decisión sembró una semilla que tardaría años en dar su fruto, pero sin la cual nada habría sido posible después.

La Corporación municipal fue asumiendo esa responsabilidad con una mezcla de prudencia y convicción. Entre quienes vivieron ese proceso con especial intensidad estuvieron Mariano Ibáñez, Juan Antonio Maciá y Paco Prats. Más allá de cargos y competencias, compartían una certeza sencilla: para cuidar el Palmeral había que conocerlo de verdad, recorrerlo sin prisa, dejar que hablara.

De esa forma de entender la política nació una escena que hoy tiene algo de entrañable y mucho de simbólica. Juan Antonio Maciá, como concejal de Parques y Jardines, decidió contar las palmeras una por una, huerto tras huerto, durante los años 1983 a 1987. No era un gesto grandilocuente ni buscaba titulares. Era paciencia, rigor y respeto. Bajo el sol, anotando cifras, volviendo sobre sus pasos cuando hacía falta, intentando poner número a lo que hasta entonces había sido solo intuición y paisaje.

A su lado, en muchas de aquellas caminatas, Mariano Ibáñez acompañaba en silencio ese trabajo casi quijotesco. No era un censo perfecto, ni pretendía serlo. Era algo más importante: la voluntad de comprender la verdadera dimensión del Palmeral para poder defenderlo con honestidad. Antes de convertirse en ley, el Palmeral fue recorrido; antes de ser protegido, fue contado; y antes de ser patrimonio, fue mirado con cuidado.

Mientras tanto, en los despachos, el trabajo callado también avanzaba. Paco Prats, oficial mayor del Ayuntamiento, supo traducir aquel sentimiento colectivo en palabras jurídicas. Cada frase importaba. Aquella norma no solo ordenaba: sellaba una promesa de futuro.

Vista general del Palmeral de Elche / MATIAS SEGARRA

El texto llegó a València y fue recibido por Ciprià Ciscar, entonces conseller de Educación y Cultura, que entendió el alcance profundo de la iniciativa. No era una petición más, sino la expresión de una conciencia nacida desde lo local, desde la convivencia diaria con las palmeras. La ley que siguió fue el primer gran escudo del Palmeral. No resolvió todos los problemas, pero marcó un antes y un después: afirmó que aquel paisaje estaba por encima de intereses inmediatos, que no todo podía medirse en metros cuadrados o beneficios rápidos.

Después vendrían otras corporaciones socialistas, otros gobiernos, otros nombres. No todos pensaron igual ni actuaron del mismo modo, pero muchos continuaron el camino iniciado entonces. Gracias a aquella primera semilla, el Palmeral Histórico de Elche pudo alcanzar, años después, el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Hoy, cuando las palmeras siguen recortándose contra el cielo de Elche, cuesta recordar lo cerca que estuvo el olvido. Pero la memoria permanece, escrita en las leyes y también en los gestos humildes de quienes supieron escuchar al paisaje y darle voz. Gracias al compromiso municipal y a ellos, el Palmeral no quedó reducido a un recuerdo.

Aquellas palmeras no son solo árboles protegidos ni un título internacional. Son la prueba de una fidelidad antigua: la de un paisaje que nunca lo abandonó y al que, llegado el momento, pudo devolver algo de lo que le dio. El Palmeral sigue ahí, vivo y silencioso, creciendo hacia el cielo, guardando en sus hojas la memoria de quienes lo cuidaron… y de quienes aprendieron, por fin, a mirarlo.

Suscríbete para seguir leyendo


© Información