Mientras haya en el mundo primavera... |
Un libro con una rosa en su interior
... ¡habrá poesía!». Ya lo decía Bécquer en su famosa Rima IV, apelando a la naturaleza, el misterio, la belleza, la espiritualidad, el dolor, el deseo, el amor... Hay demasiados motivos en el mundo para que exista la poesía, cientos de voces se alzan en distintos idiomas en diferentes partes del globo terráqueo para celebrarlo, mientras al mundo le parece que fue casi anteayer cuando juglares y trovadores marchaban de pueblo en pueblo con sus cantares dando inicio a este género que hoy acampa en redes sociales, en tote bags, en camisetas, en app... La poesía ya no es de una minoría selecta, es mediática.
Muchos se preguntarán que para qué la poesía si el mundo está en estado terminal en términos medioambientales y también sociopolíticos, dado lo convulso del panorama internacional, con numerosos conflictos armados en marcha e, incluso, genocidios que duran ya años. La poesía es también compromiso social y denuncia. ¿Qué solucionamos con unos versos? He aquí Blas de Otero: es necesario «pedir la paz y la palabra». Hoy, siempre.
Es necesario imaginar y nombrar otras realidades posibles para que puedan llegar a existir y ahí entra en juego el arte, pero sobre todo la poesía. En tiempos convulsos, el nuevo mundo comienza a gestarse en el arte antes de materializarse en la realidad. En el siglo XXI la palabra debería ser el arma más poderosa en tanto que se pronuncia en voz alta, deja huella, hace brotar algo en nuestro interior. Supone un inicio. Incluso, puede llegar a volverse viral y llegar a millones de personas de todo el mundo. La poesía es todo en potencia, materia prima viva.
La poesía lo vale todo. Puede ser el motor de la vida, lo que le dé sentido a respirar. Abre todas las puertas y ventanas y derriba cualquier barrera. Ayuda a hacer limpieza general, a recolocarse los miembros del cuerpo después de una guerra. Nutre. Hace más bellas las estrellas. Y nos cambia.
Yo encuentro en ella respuestas que no sabía que buscaba. Es lo más parecido a «tener fe», «creer en algo». Me ayuda a comprender, me hace crecer, me sitúa en el mundo. A veces, el día merece la pena tan solo por haber leído un poema grandioso. Y estoy convencida de que la IA no nos la va a robar, porque tiene algo de sublime que solo es capaz de brotar del interior humano, de su esencia. Es emoción pura, vivida. Y la IA no siente, por mucho que pretenda emularlo. No, no nos robarán la poesía genuina, la que es un soplo de aire fresco y agua en medio de una tempestad de fuego.
Al fin y al cabo, todo comienza con este sencillo verso de Mary Oliver: «Dime, ¿qué piensas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?».
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