El lujo de ser mujer
Perder un pecho no es un trámite estético. / AP/TORIN HALSEY
"Ya es primavera en El Corte Inglés". El eslogan resuena en las radios y los escaparates se llenan de colores vibrantes. Vas a mirar las primeras prendas de la temporada, te acercas a la sección de baño y, de repente, los bikinis. Lo que para cualquier otra persona es un ritual de ilusión, para una mujer mastectomizada es un choque frontal contra el espejo y la realidad. Ese trozo de licra se convierte en el recordatorio de una ausencia, de una batalla que deja una huella que va mucho más allá de la piel.
Perder un pecho no es un trámite estético. ¿Duele igual a los 27 que a los 60 años? El dolor no se mide en años, pero el impacto en la identidad sí se transforma. A los 27, te quitan la proyección de una maternidad que quizá no ha llegado o una sexualidad en pleno autodescubrimiento. A los 60, parece que la sociedad te dicta que "ya no importa", como si la feminidad tuviera fecha de caducidad.
Nos han enseñado que ser mujer pasa por unos cánones rígidos: el pelo, el pecho, la simetría. Cuando el cáncer te arrebata eso, te obliga a preguntarte: ¿Quién soy yo sin lo que el mundo dice que me hace mujer? Pero el problema no es solo nuestra mirada al espejo; es la mirada del sistema.
La herida emocional requiere tanta atención como la física, pero la realidad en centros como el General de Alicante es asfixiante. La salud mental no es un accesorio negociable; es el pilar sobre el que se sostiene la vida tras el trauma. Sin embargo, el sistema parece considerar que, una vez eliminada la enfermedad, el resto es secundario.
Es ahí donde la simetría se convierte en una cuestión de clase. Al considerar el ajuste del pecho sano como algo prescindible o relegarlo a listas de espera que parecen no tener fin, la sanidad pública está empujando a las mujeres a la privada. Esto no es una hipótesis; está ocurriendo hoy mismo en nuestras casas. Estamos viendo a familias organizando recolectas de dinero para que una mujer pueda terminar su proceso. Estamos viendo a mujeres rescatando sus planes de pensiones —el ahorro de toda una vida de esfuerzo— para costearse de su bolsillo una intervención que les devuelva la integridad física. Es una transferencia de dolor a la cuenta corriente: si tienes recursos, cierras el capítulo; si no, te quedas “a medias” de forma indefinida esperando a que suene el teléfono.
Cabe preguntarse si, en el caso de que la pérdida de un órgano afectara a un símbolo central de la identidad masculina, el sistema se atrevería a calificar su reconstrucción como “no prioritaria”. ¿Veríamos a hombres vaciando sus ahorros para recuperar su fisonomía básica ante la pasividad de la administración? La respuesta es un silencio que clama justicia. Reivindicamos una sanidad integral que no nos obligue a elegir entre la salud financiera y la dignidad. Porque la simetría no es vanidad, es salud pública. Mientras tengamos que pagar de nuestro bolsillo para volver a sentirnos enteras, mientras la integridad física dependa de una cuenta corriente, en esta sociedad seguir recuperando la identidad seguirá siendo, tristemente, el carísimo lujo de ser mujer.
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