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El otro día vi a un adalid de la izquierda blanca en un podcast diciendo que los episodios racistas que se están visibilizando últimamente responden más a una cuestión de clasismo que de racismo. 

Debe ser que Lamine Yamal y Vinicius, a quienes insultan cada dos por tres, son pobres. 

O que el 100% de las personas no blancas que vivimos aquí lo somos. 

Lo que no sé es por qué me sorprendió, teniendo en cuenta que cuando en La Revuelta todavía se preguntaba a los invitados si eran más machistas o más racistas, la gran mayoría se quedaba con la primera opción y unos cuantos citaban el clasismo como eximente del racismo. 

Parece que lo importante aquí es no nombrar a la bestia no porque no exista sino por si así, sin tomar medidas y por arte de birlibirloque, desaparece. Y eso tiene que ver con que el racismo se considera todavía, en pleno 2026, una desviación moral de brutos, ignorantes o malas personas de derechas. De ahí que se niegue, se minimice o que se le pongan mil nombres menos el que tiene.

Un día fui a presentar un evento en una organización feminista. Me llamaron porque soy periodista y llevo más de dos décadas trabajando como reportera en la tele. No obstante, cuando llegué, vestida de domingo y maquillada de boda, alguien del colectivo me señaló una puerta y me ordenó que fuera para allá a recoger la escoba ya que debía dejar todo limpio antes de que los asistentes llegaran. Me infirieron el oficio y la clase y me........

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