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Las claves del éxito del reguetón y por qué su lenguaje provocador y contestatario es la crónica de este tiempo

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27.11.2019

Ethan Miller via Getty ImagesImagen de archivo de Daddy Yankee en un concierto.

Por Gervasio Luis García

Una mirada profunda y diversa sobre nuestra lengua se analizó en el XVI Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale) en Sevilla (España), del 4 al 8 de noviembre de 2019. Una de las conferencias más interesantes, novedosas, necesarias y clarificadoras fue la de Gervasio Luis García, de la Academia de Puerto Rico titulada Reguetón se escribe con h (de Historia). En ella, García traza el origen, la biografía y las influencias de este género musical que lo impregna casi todo con ritmo y palabras.

WMagazín publica la conferencia completa del académico para compartir sus reflexiones y entender y comprender mejor esta música que, según García, «se alimentó del deterioro social rampante: el desempleo desbocado, la escuela pública al garete, la corrupción oficial y las conductas violentas nacidas del narcotráfico. Así, “…la generación del reguetón entendió que el lenguaje crudo de la música, la sexualidad explícita y la jerga áspera callejera, no eran menos obscenos, violentos o moralmente cuestionables que el Puerto Rico de entonces».

Puedes leer la conferencia a continuación:

Reguetón se escribe con h (de Historia)

Por Gervasio Luis García *

En el país del reguetón y del reguetonero de más resonancia mundial hubo una vez en que no nos poníamos de acuerdo sobre la ortografía de ese género musical. Entonces los prejuicios arropaban las palabras que competían en la prensa nacional e internacional: raggaetón, regaetón, reggeatón, derivadas del reggae jamaiquino. La menos usada era reguetón, tal como suena, circulada por algunos en Panamá.

Pero en 2006, un año después del gran show de Daddy Yankee en el Madison Square Garden y de los tres Latin Grammys de Calle 13, la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española propuso incluir la palabra reguetón en el Diccionario de la Lengua Española (DLE) a instancias de su director José Luis Vega (1). La propuesta descansó en la pesquisa sólida y los seductores argumentos de Maia Sherwood Droz. Sin acrobacias semánticas, ella propuso que en el caso de reguetón, “con grafía totalmente hispánica, fiel a su pronunciación y benévola a la vista…, fonética y ortografía casan perfectamente”. Y aunque reconoció la deuda de los raperos puertorriqueños (precursores de los reguetoneros) con el ritmo jamaiquino cantado en inglés, estos “no encontraron salida en los ritmos suaves del reggae” porque “cargaban con la rabia del marginado que quiere ser escuchado.” (2)

Esa rabia, y la de sus detractores, tiene historia y nos da la mejor pista para empezar a entender el asunto en su rabiosa complejidad. Se alimentó del deterioro social rampante: el desempleo desbocado, la escuela pública al garete, la corrupción oficial y las conductas violentas nacidas del narcotráfico. Así, “…la generación del reguetón entendió que el lenguaje crudo de la música, la sexualidad explícita y la jerga áspera callejera, no eran menos obscenos, violentos o moralmente cuestionables que el Puerto Rico de entonces.” ( 3)

El contexto era avasallador, hasta el punto de que ser proletario era un lujo; en palabras de Héctor Meléndez:

Los empleos de tiempo parcial y la costumbre de vivir en desempleo forman una
masa que desconoce el empleo permanente, la perspectiva de desarrollo, la
familia estable, el ahorro de retiro, el seguro médico. Por tanto, quizá la
sexualidad y la reproducción estén menos controladas por el régimen de
producción allí donde el trabajo ha dejado de ser centro de la vida o se ha
esfumado. (4)

En ese proceso, se desatan la familia tradicional, el control sexual y las normas éticas acostumbrados y “sobreviene el espectáculo erótico callejero que algunos, alarmados, califican de chabacano y productor de delito” (5). Es un trasfondo que aceptarían hasta los críticos más tupidos del reguetón.

Al respecto, Leonardo Padura Fuentes, implacable crítico del ritmo (“ese ruido que viene de la calle del fondo”), acepta que “es la consecuencia de una desintegración social”. Es “una expresión de esa relación… con la sociedad a través de un arte en el que la vulgaridad, lo soez, lo promiscuo, el machismo agresivo tiene un espacio demasiado importante” (6). Mas en su crítica ahistórica no figura el nombre de un solo reguetonero cubano, ni la letra de sus canciones. Pero sí destaca las palabras del primer Daddy Yankee que habló de “una pobre diabla a la que le encanta la gasolina y hay que darle más gasolina” (7). En fin, que en la Antilla mayor los reguetoneros del patio se rozan con los cangris boricuas, a tal punto de que, en palabras de Padura, “El Estado trata de frenar y estigmatizar esa no-música. Pero los espacios que acogen conciertos de reguetoneros se abarrotan. Es muy jodido, pero lo cierto es que el reggaetón [sic] se ha convertido en la banda sonora del presente cubano”. (8)

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