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El sí de las niñas

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13.10.2019

Para cuando se adentró en su portal, ya me había acostumbrado a su paso quejumbroso. Era mayor, o eso parecía; su espalda arqueada y la falda de paño negra que lucía delataban su edad. Íbamos las dos por la misma acera de noche, ella lenta, delante; yo cargada de bolsas detrás. No había ni un alma. De pronto, aminoró la marcha, se detuvo y abrió la puerta. Al elevar la pierna para subir el escalón, su tobillo despertó mi curiosidad. Un imponente tatuaje en cuatricromía lucía terso como adherido a la piel de un tambor. La imagen era una Betty Boop típicamente pre-Code, escasa de ropa y de reparos, que adaptaba su anatomía a las curvas del tobillo de la mujer. “Qué edad tendrá”, pensé mientras la miraba, porque se me antojaba del todo incompatible semejante tatuaje con su atuendo y su caminar. Me complació su elección y la libertad que esta suponía. Eran su tobillo, su pierna y su cuerpo, y me sentí complacida porque una mujer de su edad hubiera podido elegir qué hacer con ellos.

Y me complació especialmente porque hacía escasos minutos que........

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