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Terapia playera de estría y michelín

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17.08.2020

Jan Böttinger (Unsplash)

La mayoría de nosotros tememos el momento de ir a la playa, al menos el primer día. Nos desnudamos frente al espejo y nos vemos blancos, flácidos, envejecidos. Un trago al que solo supera el trance de ponerse el bañador del año anterior y descubrir que antes abrochaba mejor, que no nos apretaba en las piernas o que no hacía sobresalir ese orondo repliegue de carne. Y es entonces cuando comenzamos a temblar pensando en el momento en el que apareceremos en la playa a exhibir nuestra descolgada blancura.

La pregunta es qué es exactamente lo que nos avergüenza de ir a la playa. La respuesta puede parecer indiscutible y, sin embargo, no lo es tanto. Es evidente que el primer impulso es decir que no nos gusta nuestro cuerpo, que nos vemos viejos o gordos, o viejos y gordos, y que tememos el momento en el que las miradas de los demás, o la nuestra propia, nos escudriñen para acabar sentenciando que nuestra apariencia desmerece la belleza del mar, de las palmeras y de la arena.

Sin embargo, es este un planteamiento que........

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