¿Amenazar a periodistas con “triturarles” está bien o está mal? ¿Que tu pareja evada impuestos y mientras acepta cárcel y multa para evitar un juicio tu salgas a acusar a Moncloa de persecución, está bien o está mal? ¿No aceptar el resultado de las urnas y acusar a un presidente de ilegítimo está bien o está mal? ¿Utilizar una televisión pública autonómica para difundir bulos abiertamente, está bien o está mal? ¿Convertir el Congreso y el Senado en un espacio de acoso y de insultos está bien o está mal? ¿Gobernar con la ultraderecha melancólica del franquismo y negacionista del cambio climático y la violencia machista está bien o está mal?

Cualquier demócrata, de derechas o de izquierdas, debería tener clara la respuesta a todas estas preguntas sin pensarlo. Por desgracia, no siempre es así. De hecho, cada vez más personas se suman a la ola reaccionaria que recorre medio mundo, cuyos métodos son claramente amorales y para los que la verdad es algo irrelevante. Cada uno tiene su visión de las cosas, sus ideas, sus simpatías; pero el debate público debería partir siempre desde la siguiente premisa: que cada uno opine lo que quiera, pero desde la veracidad. Es difícil debatir y contrastar ideas con quienes dicen que los coches suelen tener tres ruedas y los perros cinco patas. En España, llevamos años escuchando que las vacunas no servían, que venía un apocalipsis económico o que el país se rompía. ¿Cómo se puede tener una conversación pública con quienes declaran semejantes falsedades alejadas de la realidad?

Y, en todo caso, ¿por qué personas a quienes se presupone un cierto nivel de inteligencia y conocimientos sueltan esas tonterías? Probablemente, ni tan siquiera ellos mismos se las crean, así que sólo cabe pensar que la verdad les resulta irrelevante y que han llegado a la conclusión, como Trump, Bolsonaro o Orban, que la creación de noticias falsas, sencillas y que apelan a las más bajas pasiones son mucho más útiles para sumar adhesiones que el debate racional, constructivo y con propuestas. Para crear un bulo se tarda un segundo, para comprobarlo y desmentirlo, unas horas o días más.

Pero la deriva de nuestras derechas, tanto la más ultra como la más tradicional que ha caído en los mismos métodos, no se contentan solo con degradar e infantilizar el debate público. Los defensores de los más privilegiados siempre han querido, y casi siempre han podido, controlar o influir en todos los ámbitos posibles, incluyendo el judicial. Un estado de derecho, democrático y social merece no solo un poder ejecutivo y un poder legislativo decente, sino también un poder judicial que funcione. Y secuestrar el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), como hace el PP, contraviniendo la mismísima Constitución española al no renovarlo, o pretendiendo controlar no se qué sala de no se qué tribunal por detrás, pues no da mucha confianza en el sistema, la verdad. Y no, decirlo no debería ser ningún tabú. Si no permiten renovar el CGPJ no es por capricho, es por algo y ese algo lo sabemos todos y todas.

Si queremos una democracia potente necesitamos blindarnos ante la pretensión de algunos de controlar jueces para usarlos al servicio de su causa, es decir, destrozar a personas de izquierdas y hacer caer sus gobiernos; y necesitamos blindarnos ante la desinformación y los bulos, que forman parte de estrategias perfectamente orquestadas para destrozar, de la misma manera, a personas de izquierdas y hacer caer sus gobiernos.

El presidente Pedro Sánchez, víctima como otros representantes de partidos de izquierda, sindicatos, periodistas o artistas, entre otros, nos ha planteado un punto de inflexión. Nos invita a una reflexión colectiva después de saber que un sindicato ultra ha conseguido que un juez abra diligencias contra su esposa en base a una denuncia que nace de un bulo y varios recortes de prensa no verificados, contrariamente a la jurisprudencia sentada por el Tribunal Supremo. Esto ha sido la gota que ha colmado el vaso tras años de ataques, acosos, bulos e, incluso, la utilización del Ministerio del Interior en la etapa de Rajoy para investigar a la familia del entonces líder de la oposición, Pedro Sánchez.

El presidente nos dice que basta, que hasta aquí hemos llegado, que la vida pública debe dignificarse y que nuestras gentes no merecen una política enfangada constantemente por aquellos que creen tener el derecho divino de gobernar tanto si los ciudadanos les votan como si no. Y sí, ahora tienen que pasar cosas. Tiene que renovarse el gobierno de los jueces con o sin el PP, que suficiente tiempo ha tenido para pensar y actuar durante cinco años de bloqueo. Y si no lo han renovado es porque confían en ganar en el ámbito judicial lo que pierden en las urnas. Y tiene que haber límites para la constante difusión de noticias falsas de pseudo medios de comunicación cuya plantilla está formada por agitadores y financiada por instituciones donde manda la derecha y por grupos ultras con evidentes intereses para hacer caer al gobierno progresista cueste lo que cueste. Porque la justicia tiene que ser justa y porque los medios tienen el derecho y la obligación de dar información veraz, tal y como señala nuestra propia Constitución.

Por desgracia, este punto de inflexión planteado por el presidente no hará reflexionar a la derecha extrema y a la extrema derecha, solo hay que ver sus reacciones ridiculizando las emociones expresadas por Pedro Sánchez y acusándolo de ser un caudillo que no acepta la crítica.

Miren, señores y señoras de la derecha, no sólo aceptamos la crítica, sino que nos encantaría que nos hicieran una oposición basada en alternativas. No queremos un debate público basado en noticias inexistentes, queremos que nos digan que nuestro gobierno no les gusta porque blinda pensiones, sube salarios, genera empleo, crea riqueza y combate desigualdades. Y eso es lo que no les gusta de nosotros, que trabajamos para la mayoría. El problema es que ustedes no se atreven a decir que defienden los intereses de unos pocos privilegiados y les resulta más fácil decir que el presidente coge el Falcon y se va de vacaciones a Doñana tras su anuncio de seguir y de hacerlo con más fuerza que nunca.

Somos mayoría, queremos una política limpia basada en el debate de las ideas y conseguiremos avanzar en la regeneración democrática con su ayuda o con su oposición.

QOSHE - Menos bulos y más política - Arnau Ramírez
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Menos bulos y más política

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01.05.2024

¿Amenazar a periodistas con “triturarles” está bien o está mal? ¿Que tu pareja evada impuestos y mientras acepta cárcel y multa para evitar un juicio tu salgas a acusar a Moncloa de persecución, está bien o está mal? ¿No aceptar el resultado de las urnas y acusar a un presidente de ilegítimo está bien o está mal? ¿Utilizar una televisión pública autonómica para difundir bulos abiertamente, está bien o está mal? ¿Convertir el Congreso y el Senado en un espacio de acoso y de insultos está bien o está mal? ¿Gobernar con la ultraderecha melancólica del franquismo y negacionista del cambio climático y la violencia machista está bien o está mal?

Cualquier demócrata, de derechas o de izquierdas, debería tener clara la respuesta a todas estas preguntas sin pensarlo. Por desgracia, no siempre es así. De hecho, cada vez más personas se suman a la ola reaccionaria que recorre medio mundo, cuyos métodos son claramente amorales y para los que la verdad es algo irrelevante. Cada uno tiene su visión de las cosas, sus ideas, sus simpatías; pero el debate público debería partir siempre desde la siguiente premisa: que cada uno opine lo que quiera, pero desde la veracidad. Es difícil debatir y contrastar ideas con quienes dicen que los coches suelen tener tres ruedas y los perros cinco patas. En España, llevamos años escuchando que las vacunas no servían, que venía un apocalipsis económico o que el país se rompía. ¿Cómo se puede tener una conversación pública con quienes declaran semejantes falsedades alejadas de la realidad?

Y, en todo caso, ¿por qué........

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