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Ser feminista y no morir en el intento

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30.09.2019

En una ocasión alguien me envió un correo muy amable preguntándome cuándo había descubierto que era feminista. Aún más en una época en la que la lucha por los derechos femeninos parece haber perdido vigencia y sustancia. Sobre todo, en un país y continente en los cuales la palabra tiene toda la connotación de un insulto. Mi invisible interlocutor parecía sinceramente intrigado sobre el asunto, como si mi pensamiento político — porque el feminismo es un hecho político, aunque se le interprete como algo más — le pareciera de lo más curioso y raro. No supe qué responder. ¿Alguna vez analizamos nuestras posturas filosóficas e intelectuales? ¿Buscamos el origen, el primer pensamiento que dio origen a todo lo demás? Hasta ese momento, no lo había hecho. O quizás, no veía la necesidad de ordenar el origen de mis principios en una línea cronológica comprensible.

Intrigada, me pasé algunos días pensando sobre el particular. Me esforcé por encontrar el momento justo en que decidí de manera deliberada y voluntaria, que sería feminista. Preguntándome si realmente había ocurrido así, si se trató de una determinación nacida de la inspiración intelectual o mero instinto de supervivencia. Recordé pequeñas escenas — la vez en que un chico en la universidad me había recomendado “bajar el tono” o aquella otra que uno de mis primos me había dicho que una chica “no debe conducir” — pero nada parecía encajar en esa noción extraña de la apoteosis que sugería mi interlocutor. No existía una primera vez para creer que era necesario entender mis derechos, defenderlos y asegurarme que todas las mujeres del mundo lo hicieran también. Y sin ser tan idealista, no recordaba cuándo había empezado mi interés por lo femenino más allá de lo evidente y tradicional, por profundizar en mi identidad cultural.

Porque el feminismo se trata de eso. No hay un aliciente que no sea el de la necesidad directa y evidente de entender el alcance de tus derechos, de la necesidad de reivindicar la identidad histórica de la mujer o de hacer frente a la discriminación. A ninguna feminista convencida la anima el odio, el estigma o el prejuicio porque conoce en carne propia sus consecuencias y sobre todo, lo que puede desembocar trasladar la discriminación al otro extremo. Soy feminista porque aspiro a un mundo mucho más justo, mucho más equilibrado y equitativo. Que nadie deba ser tachado de “puta”, “loca” y “fácil” sólo por llevar una falda corta o un buen escote. Que nadie crea que puede opinar sobre tu cuerpo y tu capacidad para concebir. Que toda mujer tenga la libertad de vivir como mejor le plazca, desde el punto de vista de sus preferencias, según sus decisiones y vivencias. Que no necesite otra cosa que su firme decisión de asumir la responsabilidad de sus experiencias como límite para lo que sea ser y aspira crear.

Dicho así, el feminismo parece algo mucho menos peligroso y radical que lo que muestra ese insistente estereotipo que suele llenar las redes sociales, esa gran conversación moderna. Mucho más........

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