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Pequeños secretos dolorosos: el rostro invisible de la violencia

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20.08.2019

Hace unos días alguien comentaba en mi Facebook que, sin duda, las denuncias sobre “acoso callejero” eran exageradas y la mayoría de las veces tergiversadas. “Las mujeres actuales están a la defensiva”, explicó un comentarista, “al parecer todas olvidaron que un piropo es un halago”. Leo el comentario, pensando en todas las ocasiones en que he tenido que caminar muy rápido mientras un desconocido murmura insinuaciones sexuales unos pasos más atrás. Las veces en que siento miedo real, mientras un hombre me grita a todo pulmón alguna obscenidad. Todas las ocasiones en que he tenido que propinar empujones y codazos en servicios de transporte público porque un hombre intenta tocarme o manosearme. La inquietud real que provoca caminar por una calle vacía, sólo por ser mujer y saber que en el país donde vives, eso quiere decir que estás expuesta a un tipo de agresión silenciosa e incómoda. Me pregunto que pensaría mi invisible interlocutor si tuviera que vivir algo semejante a diario, cada día de su vida. Durante toda su vida.

Pero vayamos más allá. Me pregunto qué ocurriría con el animado comentarista de redes sociales si tuviera que admitir que corre el riesgo — cotidiano e incluso previsible — de sufrir una agresión sexual sólo por su género. Que debiera enfrentarse a la posibilidad que su forma de vestir, hablar e incluso comportarse puede ser considerada una invitación tácita para la violencia. Que no tuviera más remedio que asumir que, antes o después, sufrirá algún tipo de abuso sólo por el hecho que es admisible, que la sociedad asume que ocurrirá — y es inevitable — y, por tanto, normaliza la posibilidad de la violencia. Millones de mujeres en el mundo deben vivir bajo el puño del miedo a diario. Millones de mujeres en el mundo deben batallar todos los días con el hecho cierto que su seguridad personal depende de la percepción de la cultura en la que nació sobre su identidad y su rol. En medio de todo, la noción sobre la violencia sexual contra la mujer no sólo parece normalizarse sino además, interpretarse como un mal “previsible” dentro del conjunto de situaciones que toda mujer “debe soportar” alguna vez. Un pensamiento inquietante y temible con el que parece inevitable tropezar en todas partes.

Unas semanas atrás, encontré entre una serie de viejos apuntes sobre el tema que conservo, la noticia sobre la violación grupal que había sufrido una mujer brasileña hace un par de años. Se trató de un hecho salvaje, de inimaginable violencia. Un suceso tan brutal y cruel que sacudió los cimientos de la muy conservadora sociedad del país, aunque no para bien. De inmediato surgieron criticas contra la víctima y como si se tratara de un ciclo inevitable, la sociedad brasileña pareció más interesada en debatir sobre la conducta y comportamiento de la mujer violada, que sobre la espantosa agresión que había sufrido. El tema me dejó de nuevo apesadumbrada y de nuevo, me hizo hacerme las inevitables preguntas sobre cómo percibe nuestra cultura la violencia sexual contra la mujer, la manera en que la matiza, disculpa e incluso disimula en medio de un entramado de excusas culturales........

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