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Las disculpas y otros pequeños dolores

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19.02.2020

oatawa via Getty Images

Hace unos años, me disculpaba con muchísima frecuencia. Lo hacía por una serie de razones poco claras que ni yo misma entendía muy bien. Me disculpaba por hablar en voz alta — o también muy baja —, por decir lo que pensaba — o no decirlo —, por la forma en que comía, me vestía e incluso por mi forma de caminar. De pronto encontré que al parecer siempre había un motivo por el cual disculparme. Por utilizar la palabra “perdón” como muletilla para una serie de pensamientos y comportamientos que cuando los analizaba después, no tenía motivo alguno para lamentar, disculpar o justificar. Pero yo seguía haciéndolo. Metódicamente. Como si necesitara dejar bien en claro que yo era muy consciente de que era capaz de cometer errores y me disculpaba ex profeso por el hecho difuso que con toda probabilidad, los cometería.

Hasta que dejé de hacerlo. No podría decir que se trató de una epifanía súbita: que un día tomaba café y mientras dejaba caer un poco sobre el clásico platito bajo la taza debido a mi natural torpeza, me contuve de decir lo siento. Y que entonces comprendí, con la revelación de la cafeína por medio, que no tenía que disculparme por mi torpeza. Que después me levanté, heroica y torpe — y arrojando más café a la mesa — para ir por la vida olvidando el impulso automático de decir “discúlpame” por una serie de incorrecciones imaginarias. Me habría encantado que fuera así, claro: la idea tiene un tinte poético que me encanta. Pero claro está, fue algo más confuso que me llevó tiempo comprender. Una lenta toma de conciencia sobre esa compulsión por disculparme pero sobre todo por complacer, a quienes me rodeaban.

La primera vez que lo noté fue en una ocasión en que una conocida hizo un comentario que juzgué absurdo y con el que no estaba en absoluto de acuerdo. Sentí la inmediata necesidad de contradecirla… pero me contuve. Con esa extraña sensación de incorrección que de vez en cuanto me abrumaba, me pregunté por qué debía hacerlo, si valía la pena provocar una controversia, si necesitaba la discusión posterior y expresar en voz alta mi punto de vista. De manera que me quedé callada, incómoda y preocupada, hasta que ella pareció que algo me ocurría y me preguntó directamente qué era. Cuando se lo dije — explicándole que su opinión me parecía un poco fuera de lugar — me apresuré a agregar “que lo sentía muchísimo”. Ella parpadeó y me dedicó una mirada sorprendida.

—¿Por qué? — me preguntó. Me quedé un poco desconcertada.
—La verdad, no lo sé — admití en voz baja.
—Entonces deja de sentirlo o disculparte. Es lo que piensas y ya.

Me sobresaltó la idea de no haber comprendido por qué pedía disculpas. O de hecho, por qué creía necesario hacerlo. Me pregunté el motivo por el que sentía no sólo la inmediata necesidad de justificar una opinión contraria a la de alguien más y por qué me parecía tan importante dejar en claro que me preocupaba la disparidad de opinión. El pensamiento me irritó, me desconcertó, pero sobre todo, me hizo comenzar a analizar algunas de las cosas que decía en el ámbito social desde un punto de vista nuevo.

Descubrí que pasaba gran parte del tiempo disculpándome, incluso cuando como en la pequeña escena que describo antes, no sabía el motivo que ocasionaba la disculpa. Que lo hacia sin ton ni son y utilizando la palabra “disculpa” como una especie de interjección gratuita que restaba cierta coherencia a cualquiera de mis pensamientos e incluso firmeza. Porque resulta casi imposible expresar ideas concretas interrumpiendo cada cierto tiempo su explicación para “disculparte” por lo que explicas, expones, comunicas o sientes. O lo que es aún más duro de comprender: que en realidad, mucho de lo que dices o haces depende de las ideas que construyes a través de las palabras que como de la forma en que lo dices. De manera que esa necesidad mía de terminar cada frase e idea con un “lo siento” no sólo me restaba contundencia — que ya era bastante preocupante — sino que hacía parecer que todos mis planteamientos pendían de un hilo. Cabeceaban peligrosamente hacia el vacío de simplemente carecer de sentido porque en apariencia ni yo misma creía en ellos.

Me sobresaltó la idea de no haber........

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