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La guerra del ser o no ser: todos los rostros de lo femenino en la actualidad

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05.08.2019

Ser mujer no es sencillo. Y que dramática parece esa frase fuera de contexto, calzada casi a la fuerza en medio de lo cotidiano. Pero en realidad, no sólo se trata de una descripción sobre la noción sobre lo femenino — quiénes somos y cómo nos comprendemos — sino también de la identidad que nos asigna la cultura. Desde la niñez hasta la vejez, la mujer lleva a cuestas un peso cultural muy específico. La sociedad en que nace no sólo parece presionar su comportamiento con un “deber ser” artificial sino, además, modular las expectativas sobre lo femenino desde cierta imposición histórica inevitable. Esa aparente visión sobre la mujer ideal, la que debe encajar en un canon histórico idealizado, se aprende muy pronto. Una metáfora sobre lo femenino que se asimila no sólo las expectativas generales sino el sutil prejuicio que parece acompañar a la mujer durante toda su vida.

Se trata de un fenómeno común al que toda mujer se enfrenta en alguna ocasión. Una rara percepción sobre quién puedes ser — tu reflejo en el espejo — basado en ciertas percepciones difusas sobre lo femenino. Una vez, una de mis amigas de la escuela me dijo que a veces no se pensaba a sí misma como una mujer ni como una niña. Que en ocasiones se miraba al espejo y no sabía muy bien quién era y lo que deseaba ser. Y que ese pensamiento le asustaba tanto como para que le hiciera sentir vergüenza. La escuché sin saber que decir, entre asombrada y confusa. Ambas teníamos diez años y ese comentario me desconcertó. Hasta entonces, jamás había pensado que alguien podía mirarse sin concluir en que era niño o niña. Tampoco me había preguntado sobre los elementos que nos hacen ser quien somos, ese género que prevalece y te define durante toda tu vida. Esa identidad permanente que asumimos natural.

—No sé. Pero también me pasa — le confesé, para tranquilizarla — A lo mejor le pasa a mucha gente pero tampoco dice nada. ¿No lo piensas?

Ella sacudió la cabeza con la boca fruncida en un gesto angustiado y los hombros rígidos. Como mucha otra gente estaba convencida que la incomodidad y el aislamiento eran cosas que sólo le ocurrían a ella, que le torturaban y le acosaban más que a cualquier otra persona. A la distancia de muchos años, a veces pienso que mi amiga comprendió mucho antes que yo que el mundo no tolera bien la diferencia, que no lo asimila con facilidad, que no transita eso visión que nos hace únicos con la comprensión de lo que puede significar. Y que ser mujer en nuestro país — en nuestro continente, en nuestra cultura — atraviesa una serie de implacables requisitos invisibles que resultan........

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