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La cárcel de la belleza

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03.02.2020

Es todo un reto sentirte hermosa cuando no eres perfecta. O al menos no como el estereotipo de la cultura en que naciste te exige. Lo pienso mientras me miro al espejo desnuda, con esa sensación de vulnerabilidad y un poco de preocupación que la mayoría suele sentir al mirar su reflejo. O al menos, así me siento yo, mientras soy muy consciente de mis defectos, de mis pequeñas irregularidades, de ese paisaje corporal tan mío que por alguna razón, no encaja en el patrón cultural del cómo debería ser.

Nací en un país obsesionado con la belleza. En un país donde el éxito profesional, económico, personal, está íntimamente ligado a tu aspecto físico. Un país donde el segundo mayor producto de exportación —y a veces dudo de esa jerarquización— son las ganadoras de un concurso de belleza. Un país que ostenta con gusto y orgullo el remoquete de “las más bellas”. Cuando creces en un lugar así, en una cultura tan interesada en cómo te ves, nada es sencillo. Y no podría serlo, si desde la cuna te recuerdan que verte hermosa —ser hermosa, que es una connotación levemente distinta y peligrosa del asunto— es imprescindible para calzar en el mapa cultural del lugar donde naciste. Un elemento necesario no sólo para comprenderte —mirarte— sino además, asumir tu lugar en medio de esa infinitas piezas que forman el paisaje mental del gentilicio.

Lo descubrí siendo muy pequeña. Una especie de zozobra que te acompaña a todas partes: ¿Eres lo suficientemente bonita? ¿Tienes el cabello como se supone deberías tenerlo? ¿Eres lo bastante delgada como para presumir de eso? Pálida, delgaducha y pecosa, la preocupación sobre mi aspecto físico me acompañó desde niña. Eso a pesar que nací en una familia donde las mujeres envejecen, se arrugan y engordan con tranquilidad. Pero a pesar de eso —quizá por eso— la sensación de ser inadecuada se mezcló bien pronto con algo más amargo. Con una idea sobre mí misma distorsionada, limitada y lo bastante superficial como para atormentarme durante buena parte de mi adolescencia.

—La mujer debe llamar la atención allá a dónde va —solía insistir mi profesora de Ballet, delgada, esbeltísima y de piel perfecta— la belleza es un tesoro y también, una ventaja.

Decía todo lo anterior paseándose por el pequeño salón de pisos de madera, la cabeza bien en alto, sonriendo como quien celebra un hecho asombroso, que yo no entendía bien que podía ser. La clase la escuchaba en silencio, sentada a su alrededor, en medio de un silencio tenso y doloroso. Te llevabas los dedos al cabello para saber si estaba bien peinado, eras más consciente que nunca de tus pocas o muchas curvas, de la forma como se veía tu piel. Pero la profesora, ajena a todas esas cosas, seguía con su perorata tanto como podía. Lo consideraba necesario, como si se tratara de la experiencia que toda niña de nuestra edad debía poseer.

— A todas las mujeres les gusta verse bellas, oler rico. Les gusta llevar “prendas” caras, maquillarse bastante. Eso es parte de quienes somos. Así debe ser toda mujer.

A mí, que todavía no me maquillaba, era alérgica a la mayoría de los perfumes y me sentía torpe y flacucha, aquella perorata me producía una enorme incomodidad. Esa insistencia en el hecho de ser hermosa cuando yo no podía serlo. Porque ya con doce años, con las piernas flacas y el pecho hundido, sabía casi por puro instinto, que yo no era parte de esa supuesta tradición de lo estético. De ese ideal de mujer hermosa que se celebraba por todas partes. Y eso me hacía sentir profundamente desarraigada, como si me hubiese perdido parte de una historia muy popular e importante del país donde nací. Un pensamiento tristísimo cuando una es tan joven como impresionable.

“Era fea —lo que sea........

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