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Jason Momoa contra la masculinidad tóxica: el hombre más sexy del mundo te puede dar algunas lecciones

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20.01.2020

Hace unos días, alguien compartió en mi frontpage de Facebook un meme con una fotografía del actor Jason Momoa en el que se podía leer: “¿Qué harías si este hombre viene por tu novia?”. Más abajo, los comentarios mostraron el típico sentido del humor de las redes sociales, pero también un fenómeno curioso casi desconcertante: la mayoría de las respuestas eran de hombres, admitiendo que no sólo el actor les parecía atractivo — “En esos pectorales se puede lavar un edredón”, comentaba un entusiasta — sino, además, aceptando en tono desenfadado que Momoa podría poner en entredicho su orientación sexual. Más allá de las burlas y la ironía, las mayorías de los comentaristas parecían sentirse muy cómodos demostrando su admiración por la belleza física de otro hombre, algo que hasta hace algunos años, podría haber resultado impensable.

— Hay una evolución y eso es evidente — dice mi amigo J. cuando se lo cuento — la cultura del hombre latino todavía es parte de la mayor parte de nuestros países, pero en realidad, la nueva generación parece analizar las cosas de una manera distinta.

— ¿Te parece?

— Sin duda. Aunque también hay una inclinación más firme de un considerable número de jóvenes hacia el machismo. Es un fenómeno mixto.

J. es psiquiatra y en una ocasión me comentó que su consulta estaba llena de “hombres abrumados por la culpa histórica del machismo”. Hombres que no sabían cómo cumplir con las expectativas familiares y sociales. Hombres que se sentían castrados, limitados y menospreciados por la persistente exigencia social sobre la identidad masculina. Hombres que temían aceptar su orientación sexual. Hombres deprimidos, con graves cuadros ansiosos, hombres incapaces de lidiar con el deber “viril” que la sociedad condiciona desde la infancia. Me sorprendió la confesión y mucho más cuando J. insistió en que el hombre latino “lleva a cuestas todo tipo de traumas no resueltos”.

— Pero indudablemente, las cosas son mucho más sencillas para un hombre que para una mujer — dije en esa ocasión, muy ufana y lo bastante arrogante como para pensar semejante cosa.

— ¿Lo son? — me preguntó mi amigo en voz neutra. Me encogí de hombros.

— A un hombre no se le exige casarse ni ser madre. Tampoco debe cuidarse de que le violen, le agredan, le maltraten y que la sociedad crea que eso está bien. No debe trabajar el doble para obtener la mitad de su contraparte masculina. No debe sentir que siempre se encuentra en peligro o bajo amenaza.

J. suspiró con cierto cansancio. A la distancia, me pregunto cuántas veces habría escuchado el mismo razonamiento y en cuantas ocasiones, había tenido que enfrentarse a él. Pero ahora, no parecía muy interesado en contradecirme ni tampoco, buscar la grieta en mi planteamiento. Con un gesto lento y reposado, tomó un sorbo del café de la taza que tenía entre las manos.

— Entonces, para los hombres todo es fácil.

— Más que para las mujeres, sin duda — afirmé.

— ¿No has pensado que para ambos géneros el patriarcado es igual de duro de sobrellevar sólo que en extremos distintos?

Me puse a la defensiva de inmediato. Después de todo, llevaba buena parte de mi vida escuchando el manido argumento de “todos los hombres no son iguales” ni “todos los hombres violan”. Había perdido la cuenta de las ocasiones en que había tratado de explicar que no se trataba del comportamiento individual sino del sistema que avala la violencia machista, la normaliza y estratifica en niveles de culpabilidad para la víctima. El comentario de J. me supo a poco. De hecho, me pareció la tradicional excusa para invalidar al movimiento feminista que solía enfrentar con relativa frecuencia.

—El patriarcado privilegia al hombre en casi todo — me quejé — ¿cuál es exactamente la versión de la historia en la que el hombre debe luchar de igual manera que una mujer por ser reconocido, aceptado o respetado por la cultura?

— A través de la historia, el hombre ha tenido que suprimir sus emociones porque eso es lo que le exige el sistema patriarcal — dijo J. y para entonces parecía un poco irritado — ha tenido que ocultar sus aspiraciones, orientación sexual, cualquier rasgo que pudiera considerarse debilidad. Estamos hablando del mismo patrón que minimiza el esfuerzo de las mujeres: convierte al comportamiento del hombre es un estereotipo. Al macho sin sentimientos, al hombre incapaz de expresar ninguna inclinación por lo artístico o lo emocional. Al hombre que usa el sexo como arma.

— Ahora son las víctimas.

— Para el machismo, todos los somos.

Me quedé en silencio. El argumento me parecía incómodo, incluso pobre. Debo admitir que por entonces, había investigado muy poco sobre la forma en que el patriarcado y el machismo afecta al hombre, pero además, tenía la sensación casi dolorosa que el planteamiento de mi amigo no era justo en absoluto. ¿Cómo podía serlo en realidad? Una mujer debía pasar buena parte de su vida demostrando el valor de su trabajo, intentando sobrevivir a las presiones sociales y culturales que ni siquiera sabían estaban allí al nacer. ¿Qué hombre sufría algo semejante? ¿Qué hombre padecía la insistente sensación de ser evaluado, analizado y finalmente señalado por una cultura hipercrítica y violenta?

—No estoy equiparando sufrimientos ni esto es una comparación punto a punto de lo que el machismo hace al hombre y a la mujer — dijo mi amigo — te hablo que el peso del machismo y el patriarcado es una exigencia. Es general. Para que funcione el hombre y la mujer se deben........

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