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Ese buen negocio del sexo

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29.07.2019

Hace unos días, leía un artículo escrito por la pornstar Stoya titulado Es hora de que hagamos pornografía responsable, publicado en el periódico The New York Times, en el que la actriz admitía que para bien o para mal, el cine de la triple X es la única fuente de información de buena parte de los adolescentes del mundo. No es una idea que extrañe a nadie supongo: la pornografía — barata e incluso gratis — parece ser una de las bondades de la gran red virtual y el motivo por el cual el auge del cine adulto ha dado un salto exponencial durante las últimas tres décadas. Pero a pesar de lo corriente de la idea, lo que sí resulta inquietante — y cuando menos sorprendente — es el hecho irrebatible que es un hecho evidente la mayoría de los jóvenes del mundo tienen su primer acercamiento a lo sexual a través de la industria. La mayoría comienza a conocer sobre su cuerpo, lo erótico (o lo que podría llamarse erótico) a través del sexo coreografiado, crudo y artificial del mundo del porno. A pesar que la pornografía no pretende educar, se convierte en un vehículo de información accesible y la mayoría de las veces confuso sobre lo que el sexo puede ser, la noción de la salud reproductiva e incluso, conceptos tan preocupantes como el consentimiento y la violencia sexual. Todo en un paquete atractivo y accesible.

Pienso en todo lo anterior mientras leo el artículo que mencioné más arriba, que además de ser un punto de vista novedoso sobre el negocio del sexo, está lleno de pensamientos y reflexiones preocupantes sobre la manera en la que una generación educada por Internet asume la sexualidad propia y ajena. Vamos, no se trata que la pornografía sea buena o mala. Ese jamás ha sido el debate o al menos, no es el que me interesa. El sexo vende, es un hecho comercial de cierta dimensión y continúa siendo parte de nuestra cultura, de manera que ¿por qué no analizarlo? ¿Por qué no asumir su peso y valor — porque lo tiene — dentro de lo que consideramos sexual? Después de todo, el porno es un gran secreto cultural: se sabe que existe, se asume es parte de lo erótico, pero pocas veces se muestra con claridad. Una mezcolanza de tabúes a medio construir, de reflexiones sobre la naturaleza humana en estado crudo. Nos hace a todos un poco voyueristas, observadores de una gran orgía misteriosa que nadie acepta por las buenas disfrutar. Somos moralistas, eso hay que aceptarlo y la mejor prueba de eso, es que aún la pornografía sea una palabra que provoque sobresaltos, que asuste e incomode. Nadie quiere admitir que observa, pero lo hacemos. La pornografía podría ser entonces esa........

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