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El mito de la buena mujer

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01.07.2019

La actriz Brie Larson no sonríe. No lo hace en las entrevistas, tampoco en los estrenos de cualquiera de las películas. Su rostro serio y neutro le ha valido cientos de críticas, una legión de enemigos virtuales y también, el estigma de ser “una mujer insoportable”. También se le acusa con frecuencia de “estar a la defensiva” y no ser “amable”. Al final, la relación de Brie con el público — sobre todo el masculino — es bastante complicada. Tanto como para que sea un elemento notorio en su corta pero exitosa carrera.

Recuerdo lo anterior cuando alguien en Twitter, hace retweet a una imagen reaccionaria en la que el autor resume “todo lo que va mal en la actualidad”. La lista incluye a la comunidad LGTB, las feministas y también a Brie Larson. Más abajo, el desconocido agrega que la actriz — que se quejó de la poca diversidad entre los críticos de cine , por lo que se ganó el epíteto de “hembrista” — es la demostración que “las mujeres pierden el toque delicado de su naturaleza” debido a “posturas extremas”. Cuando alguien más preguntó qué era lo que Brie hacía que resultaba tan incómodo, el reaccionario se apresuró a responder “No sonreír. La mujer amable es parte de nuestra cultura”. La frase me dejó aturdida y furiosa.

No es la primera vez que la escucho, claro.

Hará unos meses, recibí un correo donde un desconocido me insistía en que debía ser “una buena mujer”. Tomó como ejemplo algunos de mis artículos y me pidió “dejar de fomentar la rebeldía y el mal comportamiento” porque “una mujer siempre debe ser un dechado de virtudes, ejemplos de familia y sobre todo, consciente que tiene la responsabilidad de ser un símbolo de bondad”. Leer algo semejante me dejó perpleja, no sólo porque jamás he pensado en que soy nada de eso — ¿alguien realmente se piensa en esos términos? — sino porque además, la larga parrafada parecía resumir esa imagen distorsionada, movediza y la mayoría de las veces confusa que se tiene la mujer. Como si el mero de tener un útero y un par de pechos, te convirtiera en un referente moral por necesidad.

Pues no lo soy ni quiero serlo. Y supongo que la mayoría de las mujeres que conozco tampoco. Por supuesto, hace algunas décadas la bondad de la mujer se daba por supuesta, elemental y necesaria. Todas las mujeres eran “decentes, puras y obedientes” como imposición social, y realmente nadie se atrevía a transgredir esa visión de lo femenino, por mucho que le provocara o lo que era peor: por mucho que tuviera la necesidad de hacerlo. Era preferible sin duda, atenerse a lo obvio, a lo común. Sonreír de buena gana, llevar la falda a la altura correcta, taparse el........

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