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El consentimiento y la violencia sexual

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25.02.2020

releon8211 via Getty Images

Cuando tenía catorce años, mi mejor amiga de por entonces me contó que ella y su novio habían tenido sexo. Lo hizo en voz baja, el cuerpo rígido, las manos apretadas sobre el vientre en un gesto involuntario de puro temor. Una única frase: “Lo hicimos”. Sin más detalles, sin añadir otra cosa que la expresión angustiada con que me miró. Me quedé sin saber que pensar. Me sobresaltó su rostro tenso y pálido. La sensación de que no solamente se encontraba abrumada y sobresaltada por lo que sea que hubiese sucedido, sino que además, que algo en ella — en su identidad quizás — estaba roto y lastimado. No lo pensé en esos términos — nadie piensa de semejante forma a esa edad — pero lo que sí supe es que algo grave y doloroso había ocurrido.

—¿Y cómo fue? — pregunté por último.
 —Normal.

“Normal”. Esa fue la palabra que utilizó. A pesar de la mirada huidiza, el cuerpo enroscado con fuerza sobre sí mismo, en un gesto tenso y violento. Recuerdo que no supe qué otra cosa preguntar y que, de pronto, me invadió la urgencia de saber si ella se encontraba bien, si todo había transcurrido como era debido — aunque yo no supiera de qué manera podía serlo — y sobre todo, si había sido una experiencia agradable y hermosa, tal y como había soñado y fantaseado por semanas. Pero no dije nada. Con esa solidaridad del miedo, simplemente me quedé allí, en medio de un silencio lento e incómodo que pareció extenderse en todas direcciones. Al final, recuerdo que comencé a hablar sin parar, para llenar ese vacío tan doloroso como terrible, y ella pareció agradecerlo en una larga conversación sin sentido ni verdadera sustancia que, de alguna manera, nos tranquilizó a ambas a medias. Pero el miedo siguió allí, muy presente, muy visible. Casi peligroso.

Dos meses después, mi amiga se suicidó. Durante todo el tiempo que transcurrió antes que muriera, perdió peso, se volvió hosca y silenciosa. Poco a poco, dejó de dirigirme la palabra, aunque jamás me explicó el motivo o al menos, nunca supe la razón por lo que lo hacía. Se aisló del resto de nuestras compañeras. Incluso dejó de asistir a la escuela, bajo la excusa de malestares poco claros y cuando lo hacía, había algo de espectral en ella, sentada al fondo del salón, cada vez más delgada, las uñas carcomidas, el cabello despeinado, el rostro tenso y flaco. Sólo una vez, me atreví a preguntarle qué ocurría, que había cambiado en ella en tan poco tiempo, por qué nos apartaba a todos de su vida.

Nos encontrábamos en el patio de recreo. Levantó el rostro y me miró. Una niña, aún. Con el cabello castaño abundante, los ojos verdes muy claros y lúcidos. Apretó los labios, las manos. De nuevo el cuerpo tenso alrededor de una pared invisible que la separaba de de mí y de todos. Suspiró.

—No me creerías.
 —Claro que sí.
 —Yo sé que no.

Nunca me dio la oportunidad de creerle o escuchar su versión. Después de ese día, no volvió a dirigirme la palabra. Dos meses después, estaba muerta. Uno de esos incidentes que marcan la historia de tu vida, que la abren........

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