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Dilemas contemporáneos y otras formas de lucha secreta: La Eva creadora

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17.09.2019

Un artista casi siempre es un rebelde, un contrincante directo del deber ser, alguien que avanza por el camino menos transitado y quizás también, el más complicado. Tal vez por ese motivo cuando una mujer crea — o se define como artista — el camino es el doble de complicado, duro de seguir y la mayoría de las veces ingrato. Una mujer artista es a la vez, alguien que desea expresar todo tipo de ideas y mensajes complejos pero que a la vez, debe luchar contra esa firme pared de la indiferencia de la historia, la cultura, el dolor y el miedo que la figura femenina padeció por buena parte de la historia universal. Una mujer artista debe enfrentarse no sólo al hecho que debe vencer el prejuicio primario de género sino también el que todas las épocas y culturas muestran contra los mentalmente independientes, los autónomos, los que se atreven a contradecir la antigua y poderosa idea de la moral pública.

Pienso lo anterior mientras leo las últimas páginas del libro Los Testamentos de Margaret Atwood, secuela inmediata de ese fenómeno pop llamado El cuento de la criada. El libro aborda de la historia de Offred y el Estado Teocrático de Gilead quince años después del final del anterior: una revisión sobre los terrores del totalitarismo pero también, algo más complejo. La identidad de la mujer que se enfrenta a la realidad como puede y de la manera que puede. Un recorrido por un mundo que deplora a las mujeres, que intenta controlarle y que le aplasta bajo el puño del poder. ¿Una distopía? ¿Un anuncio del futuro?

En realidad, no lo sé, me digo mientras avanzo hacia el final de la historia. Hace unos días, leí que Atwood rogaba porque su novela no fuera en realidad una distopía, pero que aún así, reconoce su carácter predictivo. Una idea que se sostiene sobre la sedición intelectual de Atwood, su capacidad capacidad para incomodar y cuestionar lo que creemos absoluto, verídico y concreto. De modo que sí, es una distopía pero es una que pudiera ocurriendo. Un vestigio de este presente ambiguo en el que a una mujer se le critica por abortar con el mismo encono y violencia que por no tener hijos. Una época que condena los intentos de la mujer por evitar los lazos con el estereotipo, que menosprecia la credibilidad de la mujer, que ataca su identidad desde origen. ¿Qué tanto de esa percepción violenta contra la libertad individual de la mujer se metaforiza en la obra de Atwood? ¿Qué tanto se traduce, se muestra, se sostiene, se elabora?

En la novela, la lenta transformación de la sociedad en un violento totalitarismo teocrático ocurre frente a los ojos desconcertados de los protagonistas, que asimilan los cambios desde la óptica de la sorpresa y la resignación. Paso a paso, el poder subvierte y distorsiona derechos inalienables y los convierte en otra cosa, en un trayecto progresivo que termina convirtiéndose en una rápida caída al abismo. Y es la incredulidad — la noción sobre la destrucción de lo que creemos inamovible e irreemplazable — lo que sostiene esa lento proceso temible, realista y lo que resulta aún más atemorizante, posible. Atwood se explaya en esa percepción del horror mínimo,........

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