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Cuando el miedo está en todas partes: el acoso callejero

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08.07.2019

Hace unos días, una conocida se quejaba en su perfil de Facebook de que un hombre la siguió unas cuantas cuadras, mientras le gritaba insinuaciones sexuales. El relato terminó por abrir la puerta a docenas de testimonios de situaciones semejantes. Tantas que al final, mi amiga decidió abrir un grupo privado para recopilar la interminable sucesión de historias de miedo y acoso que surgieron casi sin querer. Por supuesto, también hubo quien insistió en que “un piropo no tiene nada de malo”, e incluso mujeres que defendieron el derecho masculino “a coquetear”. Pero más allá de la inevitable normalización, está la sensación que el problema del acoso es mucho más grave y retorcido del que suponemos. Al leer los recuerdos de las mujeres que decidieron compartir su experiencia en público, es notorio que se trata de una experiencia de violencia, tan humillante y peligrosa como para dejar secuelas permanentes. Un doloroso trauma silencioso que cualquier mujer latinoamericana ha tenido que enfrentar más de una vez.

Leyendo las confesiones — que abarcan un amplio espectro que incluye desde persecuciones callejeras, manoseos hasta abusos sexuales de considerable gravedad — no puedo evitar preguntarme en voz alta cuando fue la primera vez que me sentí acosada. Cuál fue la primera oportunidad en que me sentí agredida, vituperada y humillada por el sólo hecho de ser mujer. No es un cuestionamiento que a nadie le agrada hacerse. Mucho menos que alguien haga con mucha frecuencia. Así que me incomoda, me hace sentir que intento ordenar toda una serie de situaciones que la mujer debe enfrentarse y minimiza por costumbre, por miedo o desconocimiento. Por último, encuentro el recuerdo justo: Cuando tenía catorce años, un hombre nos persiguió a mi madre y a mí por casi seis cuadras, susurrando a ambas palabras soeces e insinuaciones directamente sexuales. Ocurrió a unas cuantas calles de donde vivo, a plena luz del día. El hombre llevaba traje y corbata. No dejó de sonreír incluso cuando mi madre lo insultó a gritos. Finalmente, nos llamó “par de pendejas, putas” y se alejó, sin que nadie a nuestro alrededor le dedicara una mirada. Una mujer se acercó a nosotras, con expresión tensa. “Esto pasa a diario por aquí”. Alguien junto a ella se encogió de hombros y nos dedicó una mirada casi aburrida. “No es para tanto”. Recuerdo que cuando escuché la frase, recordé el........

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