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Estado de resignación

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08 de marzo 2026 - 03:07

Los españoles vivimos en un estado de resignación creciente ante una situación política que se percibe como agotada y un Gobierno más preocupado por perdurar que por gobernar. No es una resignación voluntaria, sino una mezcla de hartazgo, incredulidad y extenuación. Se ha instalado la idea de que la política ya no sirve para mejorar la vida de la gente, sino para perpetuar disputas, privilegios y relatos vacíos. Ante ello, nuestra resignación ni siquiera hace ruido. No irrumpe ni golpea la mesa. Es una resignación mansa, doméstica, que se cuela en la rutina y acaba formando parte del paisaje, convertida ya no en malestar, sino en penosa costumbre.

La actualidad política se consume como un espectáculo diario de escándalos, pactos incomprensibles y promesas incumplidas. Cada jornada trae una polémica nueva que tapa la anterior, sin que nada esencial se resuelva. Mientras tanto los problemas reales siguen ahí: el precio de la vivienda, la precariedad laboral, la presión fiscal, el deterioro, a veces mortal, de los servicios y una sensación general de inseguridad jurídica y económica.

Muchos ciudadanos, decepcionados, han dejado de esperar soluciones y se limitan a adaptarse. Es un sentimiento amargo que pesa en el bolsillo y en el alma. Hemos aprendido a no pedir demasiado, a no soñar en voz alta, a caminar con cuidado para no topar con expectativas ilusas que luego duelan. El entusiasmo se ha vuelto sospechoso y la esperanza, un lujo.

No somos ignorantes. Sabemos lo que falla. Pero el cansancio es más fuerte que la indignación. Cansancio de votar, de protestar, de esperar. Cansancio de ver cómo las mismas historias se repiten con distintos nombres. Entonces la mirada se baja, el gesto se encoge, y cada cual se refugia en su mínima parcela de control.

La resignación nos enseña a sobrevivir, pero no a vivir del todo. La mayor derrota que eso acarrea es la moral. Cuando una sociedad acepta como normal el deterioro democrático, el desprecio al debate y la falta de ejemplaridad, algo se rompe. Recuperar la confianza exigirá mucho más que discursos o propaganda: hará falta decencia, responsabilidad y respeto al gobernado. Y entretanto seguimos adelante, trabajando, pagando y aguantando. Con esa inactividad muda que es, quizá, el peor síntoma de nuestro oscuro presente.

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