Este es mi cuerpo |
18 de marzo 2026 - 03:09
El pasado 8 de marzo celebramos en la calle y apoyamos el Día de la Mujer Trabajadora. Denunciamos la desigualdad en los salarios, la violencia machista, la utilización de la mujer como objeto. Hablamos de falta de conciliación familiar, pero se dijo poco de la discriminación que las mujeres sufren en el seno de la Iglesia Católica, alejadas del poder, minusvaloradas en una organización de hombres, dominada por hombres y gestionada por hombres.
Desde hace unos años, algunas mujeres catolicas se han organizado en torno a la Revuelta de Mujeres en la Iglesia, que este año con el lema “Este es mi cuerpo” ha difundido un manifiesto en el que reclama cambios estructurales en la organización eclesial y denuncia una discriminación persistente en la Iglesia Católica.
“Somos mujeres creyentes. Vivimos con pasión el seguimiento de Jesús de Nazaret”, comienza el texto. Desde esa identidad explícitamente eclesial, las mujeres de la Revuelta subrayan su compromiso con “la renovación de la Iglesia y la transformación social desde la perspectiva de las mujeres”. “Vivimos una profunda discriminación en la Iglesia y ha llegado el momento de decir ‘¡Basta ya!’. Ni podemos ni queremos callarnos”, subrayan.
El manifiesto denuncia “las múltiples formas de injusticia e invisibilización” que, aseguran, padecen en la institución. A su juicio, la estructura eclesial “está quedando al margen de las conquistas sociales en igualdad y corresponsabilidad y está cometiendo un error”
Las mujeres de la Revuelta recuerdan que constituyen la “mayoría aplastante” en el voluntariado, en las celebraciones religiosas, en catequesis, en pastoral, en la acción social con las personas más empobrecidas, en los movimientos eclesiales, en la enseñanza o en la vida religiosa. Asimismo reclaman la eliminación del lenguaje patriarcal y sexista y que se establezca un diálogo real con los movimientos de liberación femenina y se reconozca la diversidad de familias, identidades y orientaciones sexuales.
Las mujeres son la mano y el corazón de la Iglesia, pero se les ha negado la palabra, tener voz y voto en las decisiones y poder liderar parroquias mediante el diaconado y el presbiterado. Son Iglesia viva y trabajan en ella porque es su comunidad de referencia para vivir la fe desde el evangelio y no están solas. Están creando una red que crece cada día hasta que la igualdad sea posible. Amén.
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