Gracias, Valdano

14 de abril 2026 - 03:08

El fútbol profesional es un incomparable fenómeno de comunicación con una particularidad: casi todos los niños, y cada vez más niñas, se adscriben a un equipo de sus amores desde cuando apenas hablan bien. Se van haciendo peritos de indumentarias, cánticos, celebraciones de los goles o del fino arte de escupir (asistir al incesante amasamiento y lanzamiento salival del tenido por fino Pep Guardiola resulta asqueroso). En la indolora internet, los comentarios sobre el fútbol son objeto de bronca, grosería y sarcasmos de Torrente, puros regüeldos. Los hinchas se insultan, y sus inquinas cotizan alto, más incluso que la de los templarios destemplados que matan por cuál es la alquimia de la paella ortodoxa o el punto de la tortilla de papas que les enseñó su abuela, declarando anatema a quien se salga de su triste del radio cancerbero (en el sentido griego y canino, no el de portería y red).

Hace apenas dos días, asistimos a un numerito de los jugadores del Barcelona celebrando no sé qué al terminar el partido (no digo Barça ni Real porque el imperialismo futbolero es antifútbol, y eso que concilio el sueño imaginando controles orientados, y no contando ovejas). Cantaban los muchachos en el césped cosas bordes y ofensivas para su rival de terruño, al que acababan de derrotar. Los comentaristas no paraban de justificarlos por ser “niños”, y no profesionales en el taco más riguroso y formados en La Masía que nos venden como arcadia de valores. Valdano fue tajante; que sí, es madridista, pero es inteligente, o al menos no es un chillón o histérico al uso en el ramo: “Fue completamente innecesario”.

Jorge Valdano fue un futbolista de limitada técnica, pero cuya productividad logró sabiendo combinar atómicamente actitudes con aptitudes medianas. Ostenta un sobresaliente palmarés, en el que figura una copa del mundo con Argentina. No responde al tópico del argentino verborreico, pagado de sí y teatrero: razona y se expresa como los ángeles, con fino criterio, con precisión y propósito.

Sabe de fútbol como casi nadie, y mira que hay millones de doctorados por la Universidad de Su Propia Bola. Su estilo de debate dista como Almería de Finisterre del habitual futbolero; por no hablar del debate político, soma para conmilitones. ¡Valdano: hip, hip, bravo! (¿o cómo era?).

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