Pequeña historia de un aparato de radio
18 de marzo 2026 - 03:09
Aunque el nombre del modelo era ‘VE301’, todo el mundo en Alemania lo conocía como ‘volksempfänger’, el “receptor del pueblo”, un sencillo aparato de radio que contribuyó, posiblemente más de lo que se cree, a la institucionalización de la ideología nazi. Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, convenció a los principales fabricantes del país para que construyeran una radio muy asequible y sencilla de manejar. El VE301 costaba cinco veces menos que cualquier aparato de la época, con la peculiaridad de que estaba limitado a la recepción de determinadas frecuencias, un pequeño sacrificio que no impidió que su éxito fuera apabullante: Alemania pasó de tener 4 millones de aparatos de radio a rozar los 16 milones. El 70% de los hogares del país tenían uno, la tasa más elevada del mundo. La gracia de aquello era que, con el volksempfänger por todas partes, Hitler conseguía lo que ningún otro líder del mundo había hecho nunca: entrar en la vida de la gente. Como prácticamente no se podía sintonizar otra cosa, su mensaje sonaba a cada momento: en la cocina a la hora del desayuno, en el salón, durante la sobremesa, a la hora de la cena... El Fürher era trending topic permanentemente, y su discurso, como era de esperar, terminó calando como un aguacero en una sociedad que tras el crack del 29 había descubierto que su perfecto modo de vida no era ni tan perfecto ni tan estable como pensaba, y que anhelaba dos cosas sobre todas las demás: seguridad, para enfrentar su miedo, y un enemigo sobre el que descargarlo.
Por eso se tragaron, sin protestar, lo de los censos. Esa fue, probablemente, la primera vez en la historia en la que se realizó un tratamiento tecnológico masivo de datos personales. Cada ciudadano estaba identificado con una tarjeta perforada en la que se codificaban sus características, incluyendo variables étnicas, religiosas, médicas y políticas, que eran procesadas por una empresa filial de IBM. Así, los nazis pudieron clasificar y segmentar a toda la población y, en consecuencia, identificar a cualquier posible disidente, actual o futuro. En 1933, recién llegado Hitler al poder, se inauguró el primer campo de concentración, el de Dachau, que sirvió para recluir a periodistas, sindicalistas e intelectuales no afines. En diciembre de 1941 abrió Chelmno, el primero diseñado y construido específicamente para el exterminio judío. Luego fueron Belzec, Sobibor y Treblinka, y en 1942 se pusieron en marcha las cámaras de gas de Auschwitz. Lo demás, todo el horror de antes y de después, ya lo conocen. ¿Y qué hacía la gente normal -se preguntarán- mientras pasaba todo eso? ¿La gente normal? Se quedó escuchando la radio. Por eso pasó: porque la gente normal eligió no hacer nada.
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