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Rememos juntos, es la única solución.

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20.03.2019

El otro día me senté a tomarme un café en una terraza, como el sol ha salido pues parece que el cuerpo pide de vez en cuando salir a tomarte un café con la única compañía de un buen libro, en mi caso me llevé a García Marquez, tenía intención de leer unos capítulos mientras tomaba mi café y disfrutaba de los primeros rayos de sol que nos regala el mes de marzo. No pude leer tranquila y la razón de que no pudiera el tema y la propia razón de estas palabras que he decidido escribir.

Cuando llegué a la terraza no había nadie, pero al poco de que me pusieran el café en la mesa, se sentaron tres mujeres, con sus cuatro niños; unos niños buenísimos (según ellas) y aunque intenté no atender a su conversación… ¡imposible! No me molestaba sus tonos, ni sus niños corriendo por toda la terraza como si aquello fuese Parque Jurásico, ni el humo de sus cigarros, ni sus risas repentinas; esas son cosas a las que uno se expone cuando decide ir a leer a un lugar público. Acepto que podrían haberse sentado un poco más lejos, que cambiarme de mesa hubiera estado feo por mi parte, pero ya he dicho que son situaciones a las que uno se expone. ¿Sabéis qué fue lo que no me dejó centrarme en mi libro? El tema de su conversación ¡No podía creerlo! Estaban poniendo verde a las maestras de sus hijos, a las personas a las que les confían la educación de sus hijos, unas personas que han estudiado y se han formado para un trabajo que es totalmente vocacional y, pese a lo que se pueda imaginar, peor pagado de lo que muchos creen.

“La de matemáticas me ha suspendido a mi Javi, no se........

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