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Navegando dentro de un manto negro

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01.10.2019

Es por la tarde. Desde el puerto todavía se puede diferenciar nuestra casa. Hay que salir a la calle bien abrigado, la niebla gélida se ha instalado para quedarse toda la noche

De pequeño jugábamos a contar historias de miedo cuando aparecía la niebla por el parque del barrio, era entonces cuando nos acercábamos a una de las farolas encendidas, pegando nuestra espalda a la helada farola. Mirábamos la sombra que proyectaba el poste sobre la niebla, aquella sombra parecía un fantasmagórico manto de color negro. Estremecidos y hartos de pasar frío en la calle nos “guardábamos” en nuestros acogedores hogares.

A veces, esa niebla duraba hasta la mañana siguiente a la hora de ir al cole, y algunos de nosotros decíamos –Había tanta niebla esta mañana que si extendías el brazo, dejabas de ver la mano…y nos echábamos a reír…

Ayer regresé del fiordo como otras tantas veces, pero el regreso fue muy distinto. Llegué helado y con cierto estrés debido a la claustrofóbica sensación que padecí durante el viaje de regreso.

Había quedado con una pareja para acercarlos al valle de Klosterdalen, muy en el interior del fiordo de Tasermiut. Me pidieron si los podía acercar cuanto antes, así por ello, tendría que llevarles la misma tarde que llegaban a Nanortalik.

Aparece el único barco de línea regular procedente de Qaqortoq en medio de la niebla, en él viene la pareja que voy a trasladar.

A mediados de agosto, a la latitud que nos encontramos, la oscuridad de la noche va ganando muchos minutos al día, y cada vez oscurece más rápido. Es cuando comienza el otoño en el Ártico, y las gélidas nieblas de advención de mar aparecen cuando el Sol ya deja de calentar.

Desde tierra, a pocas millas, se podía ver la franja bien marcada de la densa niebla esperando su oportunidad. Por a la succión del viento térmico, la bruma fue ocultando rápidamente la sinuosa costa hasta hacerla desaparecer por completo generando una sensación heladora y húmeda.

La salida fue bastante tarde, ya sabía que el regreso sería con el Sol metido en el horizonte, y muy seguramente a oscuras…

La entrada al fiordo fue envuelta en una gélida niebla. La intensidad de los últimos rayos de sol proporcionaba una refracción blanca cegadora haciendo un contraste que apenas se distinguía cualquier color, navegábamos en blanco y negro.

Más adelante, ya dentro del fiordo, dejábamos atrás aquel fresco manto blanco, y volvíamos a sentir sobre nuestras espaldas el calor del sol que ya tapaba las montañas.

Apenas se podía ver el fondo del fiordo, memoricé el rumbo al cabo que debía alcanzar para llegar al........

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