XV

16 de marzo 2026 - 03:09

El rugby no admite representación. El contacto, en este juego, no se produce en el mundo del “como si” y, por eso, quienes pisan el campo saben que entran en territorio no simulado. La singularidad teatral del jugador de rugby reside, a contra estilo, en cómo éste nos oculta que el partido duele. Pero la valentía física es una mera cualidad presupuesta, un valor que se entrena y que no agota la esencia de un deporte que gira, de alguna forma, sobre el binomio maquiavélico de la virtud y la fortuna. La virtud, nos dice el florentino, reside en la inteligencia estratégica y la audacia requiere adaptación, talento para anticipar peligros y fuerza para actuar cuando es necesario. Estas serían las cualidades de El Príncipe y también las que ahora mismo encarna, por ejemplo, el pequeño Antoine Dupont, capitán francés y Dios del rugby mundial. Pero además de la virtud está la fortuna. Quien se haya aproximado mínimamente al rugby podrá ver que, bajo sus reglas, subyace una ética básica. El balón no se puede pasar hacia delante ni cabe placar a un jugador si este no tiene la pelota en las manos. El rugby impone una frontalidad solidaria, un batallar honesto y previsible. Sin embargo, la fortuna le es también constitutiva. Ya saben que en el rugby el balón es símbolo; oval y no esférico, introduce el principio de la incertidumbre. Uno puede saltarse la norma de no pasar hacia adelante si el pase lo hace con el pie y asume así el riesgo de un bote impredecible y desafortunado. La virtud, nos decía el clásico, permite dominar parcialmente la fortuna, pero no eliminarla. Uno se puede proteger contra el infortunio, pero no a costa de olvidar que la suerte es amiga de los audaces. Hay que dar al juego lo que es del juego, insistía El Canas de Valladolid, leyenda del rugby español. El mítico apertura inglés Johny Wilkinson quebró un día tras un partido. Campeón del mundo, reconocido ya como uno de los mejores jugadores de la historia, se vio a sí mismo sin poder contener el temblor ni el llanto en el vestuario. Hombre de disciplina espartana, le pesaba la angustia de no poder dominar la suerte. Años más tarde, en una conferencia en París, contó que le ayudó a salir del trance pensar en el experimento mental del gato de Schrödinger. ¿La realidad existe definida antes de que la observemos? ¿O la observación crea el resultado? ¿Puede estar perdido y ganado un juego al mismo tiempo? Este sábado pasado en el estadio de Saint Denis, con el tiempo acabado y el partido perdido para Francia, el balón concedió una carta de triunfo al XV del gallo. Ganó el VI Naciones. Un triunfo filosófico.

También te puede interesar

José Antonio Carrizosa

El laberinto de PSOE andaluz

Amor se escribe sin hache y odio también

Caminando sobre hielo quebradizo

Comunicados, mentiras y cintas de video

Castilla y León confirma tendencias

En imágenes, todos los 'looks' de la alfombra roja de los Premios Oscar 2026

El momento más emocionante de los Óscar 2026, Barbra Streisand canta a Robert Redford


© Granada Hoy