Todo comienza de nuevo

05 de abril 2026 - 03:08

Al tercer día, cuando la piedra, subyugada y reverente, aprendió a escuchar, el silencio del sepulcro se quebró como una vasija antigua. No fue un estruendo lo que anunció la Resurrección, sino un temblor leve en el pulso del mundo, una respiración que regresaba a los pulmones de la historia. Cristo no volvió para desmentir la muerte con gritos, sino para enseñarle a callar.

La madrugada se abrió como flor ahíta de rocío. Las mujeres, alumbradas por la luz nimia y naciente de la clarecía, caminaron con el miedo acelerando sus pasos y encontraron el asombro: la ausencia convertida en presencia, la herida hecha umbral. El cuerpo que había sido bajado con prisa ahora se alzaba sin rencor, con la paciencia de quien conoce el peso del agravio y aun así elige la caricia.

Resucitar no fue escapar del dolor, fue atravesarlo. El Resucitado conserva las marcas no como heridas, sino como símbolos de amor. En sus llagas cabe el nombre de todos los que han sido negados, de los que esperan justicia, de los que lloran sin palabras. La Pascua no borra el viernes, sino que lo ilumina desde dentro. A partir de entonces, la fe es un camino. Se camina entre dudas, como Tomás, palpando la incredulidad hasta que, derrotada, se vuelve oración. Se come pan al borde del lago y se descubre que la esperanza sabe a alimento compartido. Se aprende que creer es reconocer la voz que nos llama por el nombre cuando el día todavía grisea.

La Resurrección no ocurre sólo en los altares. Ocurre en el perdón que destroza la cadena del daño, en la mesa donde nadie sobra, en la tumba interior que se abre para dejar pasar la luz. Ocurre cuando el miedo retrocede un paso y el amor avanza dos. Ocurre cada vez que el último no queda atrás. Él es la primicia; nuestro cuerpo ha sido asegurado por su salvífico tránsito. Pronto le seguiremos para al fin unirnos –ésta es nuestra firme fe– en el nuevo cielo y la nueva tierra, en la gloria de la bondad.

Cristo resucitado camina con pasos discretos por nuestras calles exhaustas. No interpela a nadie, sólo ofrece compañía. No promete atajos, sólo regala sentido. Y así, el mundo, herido y bello, aprende otra vez a levantarse. Porque si la muerte no tuvo la última palabra, entonces tampoco la tendrán el odio ni la noche. En el amanecer pascual, todo comienza de nuevo.

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