Regreso al pasado
25 de marzo 2026 - 03:08
Las elecciones andaluzas van a protagonizar la vida política, económica y social de las próximas semanas, y sus resultados, la de los próximos años. Si se confirman los pronósticos, el centro derecha ganará ampliamente, con el PP como partido más potente, probablemente en condiciones de gobernar en solitario; la izquierda quedará muy atrás, con el PSOE de Sánchez como líder indiscutible, a pesar de su pérdida de fuerza. Que vendrá acompañada de la también pérdida de fuerza de las siglas más a su izquierda, varias a punto de desaparecer, como está ocurriendo en el resto de España.
Ha calado en gran parte de la opinión pública que la proliferación de partidos de los últimos años ha empobrecido la política española. Los mejores años de la democracia han sido los primeros; no solo por el empeño de promover primero un sistema plenamente democrático para fortalecerlo y protegerlo de aventurerismo, sino porque aquellos tiempos iniciales ilusionaron a los dirigentes de izquierda, centro y derecha y a los propios ciudadanos. El sistema se fue debilitando, entre otras razones, por la aparición de figuras que pretendían ser líderes pero demostraron más ansias de poder que afán de servir a su país, y cayeron en vicios propios de quienes están sobrados de vanidad y faltos de experiencia. La mayoría de esos dirigentes han desacreditado la política española, tintada de ineficacia y servilismos inaceptables con socios que cobraban muy caro su apoyo.
Hemos llegado a un claro inicio de fin de ciclo en el que empieza a echarse la vista atrás buscando referencias para que España recupere una estabilidad y un prestigio exterior que hoy brillan por su ausencia. Se acaba de producir el cese de la vicepresidenta primera del gobierno para presentarse a las elecciones andaluzas, nada menos que la vicepresidenta primera, y no pasa nada. Porque en el escenario político actual ha sido una figura perfectamente prescindible.
Se está perdiendo afecto por multitud de siglas que no han aportado nada, que han empobrecido España, la han inundado de políticos irrelevantes, varios de ellos delincuentes de cuello blanco. Y la esperanza de recuperar tiempos que dejaron momentos de gloria. Tiempos en los que parte del éxito se debió a una España con dos partidos sólidos y capaces de gobernar, PSOE y PP, con un par de satélites nacionalistas, y alguno más a la derecha del PP y a la izquierda del PSOE. Sin esta desastrosa guerra actual.
Las próximas elecciones andaluzas podrían ser una oportunidad para visualizar el hartazgo generalizado ante el exceso de siglas que no han tenido más función que envenenar el debate político y llenar de desazón a los españoles que buscan aquello con lo que Felipe González definió el cambio: “Que España funcione”. Ese tipo de cambio es lo que necesita la España actual. No hay un solo partido, aparte de PSOE y PP, con capacidad de aportar eficacia. Aunque Sánchez no ha honrado la memoria del partido socialista.
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