Pintan bastos

06 de abril 2026 - 03:07

La guerra en Oriente Medio se ha hecho presente, de momento, al hacer la compra o llenar el depósito del coche. Eso es nada comparado con lo que nos espera, hasta ahora solo se percibe la punta del iceberg. Pero llegan tiempos muy duros, con un perturbado en Estados Unidos capaz de cualquier barbaridad y, en España, un hombre carente de moral que encuentra en la guerra un argumento para mantenerse en el Gobierno.

En algunos casos, promoviendo leyes ajenas a la situación bélica, pero que piensa que le darán votos aunque cercenen los derechos y las libertades de los españoles. El último anuncio del Gobierno viene de la ministra de Vivienda, que no quiere asumir que las propuestas que ha presentado hasta ahora para solucionar la crisis, apoyadas por Sánchez, han agravado aún más un problema que está cambiando para mal la sociedad española. Quiere ahora poner límite a las compras de vivienda restringiendo el acceso a determinados perfiles de comprador, y controlando el uso que va a dar a esa vivienda.

Poco a poco, el modelo venezolano, cubano o de esos países que tanto gustan a Pedro Sánchez como modelo –excepto para aplicárselo a sí mismo– se impone sin que nadie de su Gobierno progresista levante la voz para señalar que se está poniendo en peligro derechos esenciales.

No entra en cambio en asuntos de gravedad extrema. Esta semana se inicia en la Audiencia Nacional el caso Kitchen, por la que tendrá que responder la cúpula del ministerio de Interior de Rajoy acusado de crear una operación para neutralizar a Luis Bárcenas y las informaciones que manejaba; y en el Tribunal Supremo se inicia el juicio del caso Koldo, limitado exclusivamente a la supuesta corrupción en torno a la compra de mascarillas en la pandemia, El caso Kitchen fue el que provocó el relevo de Rajoy a través de la moción de censura en la que fue acusado de corrupción. Tiene su aquel que haya sido el sanchismo, que suma casos de corrupción que avergüenzan a los socialistas y a todos los españoles, el que promoviera una moción de censura por corrupción que no fue avalada por los tribunales.

Pero en estas causas judiciales próximas, hay un asunto que clama al cielo: trece años ha tardado la Justicia en llevar a los implicados ante un tribunal. Trece. El ministro Bolaños, que tanto presume de eficacia y de su poder, aunque no está ahora en su mejor momento, podría haber dedicado un minuto a estudiar la situación de la Justicia.

Pierde tiempo el sanchismo en iniciativas de medio pelo, que no arreglan la vida de los españoles pero captan votos de quienes se dejan influir por lemas de imposible cumplimiento, y asuntos esenciales se tiran directamente a la papelera.

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