Amarse para poder amar

29 de marzo 2026 - 03:11

En el bienestar emocional y de relaciones sanas, hay dos pilares que siguen marcando profundamente la vida familiar: la capacidad de amarnos a nosotros mismos y la reconciliación interior con nuestros padres. Dos asuntos íntimos que, determinan la complicidad y la calidad del amor que somos capaces de ofrecer a los demás. No podemos dar lo que no tenemos. Esta frase sigue siendo una verdad esencial. Amar a los demás empieza inevitablemente por aprender a tratarnos con respeto y cariño. No es egoísmo, sino dedicarnos tiempo, escucharnos, descansar, disfrutar de pequeños caprichos o mirarnos al espejo sin reproches. Cuando una persona se concede el derecho a cuidarse, a reconocerse y a aceptarse, comienza a generar una energía emocional que se comparte. El amor propio no nos aleja de los demás, sino que nos prepara para relacionarnos desde la generosidad. Pero hay otro aspecto menos visible que influye decisivamente en nuestra capacidad de amar: la relación que mantenemos con nuestros padres. No solo importa la relación real que tuvimos con ellos, sino el lugar que ocupan en nuestra memoria y en nuestro corazón. Estar en paz con ellos es una forma profunda de reconciliarnos con nuestra propia historia. Honrar a nuestros padres no significa idealizarlos ni negar las heridas que nos pueden haber infringido, sino reconocer que gracias a ellos estamos aquí, que forman parte de nuestra raíz y que su historia vive también en nosotros. Este gesto interior de reconocimiento ayuda a ordenar nuestra vida. Dejamos atrás reproches heredados y nos abrimos a una visión más tranquila de nosotros y de las siguientes generaciones. Por eso es importante hacer presentes a nuestros padres también ante nuestros hijos. Hablar de ellos, compartir anécdotas, mostrar fotografías, contar cómo eran o qué soñaban. Incluso cuando ya no están, siguen siendo parte de la familia. Los hijos necesitan conocer su historia, saber de dónde vienen, sentir que pertenecen a una cadena de afectos que no empieza ni termina en nosotros. Quizá la verdadera complicidad familiar nace precisamente ahí: en personas que se cuidan, que se respetan y que están en paz con sus raíces. Porque cuando uno aprende a mirarse con amor y a honrar a quienes le dieron la vida, el amor deja de ser un esfuerzo y se convierte, simplemente, en algo que fluye.

También te puede interesar

Las mochilas de María Jesús

González y Juanma Moreno

La paz en la Semana Santa

‘MasterChef’ está quemado

Lectura nacional del 17 de mayo

La soledad de los conectados

Amarse para poder amar


© Granada Hoy