Nostalgia de La Tierra

01 de abril 2026 - 03:07

La misión tripulada Artemis II pondrá hoy en órbita, alrededor de la Luna, a los cuatro astronautas a bordo de la nave Orión. La misión durará diez días, de modo que los tripulantes –tres estadounidenses y un canadiense– llevan algún aparato gimnástico para que el cuerpo no se les entumezca con la ingravidez. Como ya sabrá el lector, la intención última de Artemis es la de colonizar la Luna en 2028, con vistas a precipitarse de inmediato sobre Marte. Todo lo cual lleva implícito tanto una explotación de los recursos extraterrestres como la competencia espacial con China. Surge la pregunta de si el cuerpo de los tripulantes soportará este tipo de viajes y estancias en el espacio profundo. Y esa es precisamente la respuesta que hoy busca responder Artemis.

Entre las cuestiones a considerar se halla la cuestión elemental de la nostalgia. No ya por la vieja literatura que nos presenta a Ulises como errante y melancólico por el Mediterráneo. Sino por el hecho físico de la extrañeza. La palabra nostalgia debe su nacimiento al médico suizo Johannes Jofer, quien la acuñó en 1688 para explicar el malestar y la angustia que padecían los mercenarios helvéticos cuando marchaban a combatir a Francia e Italia. Esto lo cuenta, no por casualidad, el trasterrado Berlin en un ensayo dedicado al nacionalismo: La rama doblada. El propio Burton, autor de una célebre Anatomía de la melancolía, publicada a comienzos del XVII, acabaría ahorcándose en Oxford, en la habitación que luego ocuparía el físico y astrónomo Robert Hooke, quien se preciaba de haber formulado la ley de la gravedad antes que Newton. Ya en el Setecientos, los esclavos africanos trasportados al Nuevo Mundo llamarían “banzo” a la sobrecogedora nostalgia que acompañó su desdicha.

Cabe preguntarse, pues, qué asombro y qué tristezas acompañarán a estos viajeros que ahora parten para avizorar unas tierras donde ni el árbol ni la voz, amiga o enemiga, existen. Un solitario Leopardi hablaba de “la infinita vanidad del Todo”; mientras que nuestro Meléndez Valdés, sobre la cima del XVIII, adivinó el “fastidio universal” que consumiría a los románticos, antes de que Baudelaire lo bautizara escuetamente como “spleen”. La pregunta, de fría pertinencia, es si el hombre será capaz de habitar, en su sentido más elemental, en su verdad física más inmediata, estas nuevas soledades hoy a la mano.

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