La felicidad, otra vez |
08 de abril 2026 - 03:07
Resumiéndolo mucho, podríamos decir que el sentimiento que privó en el XVI fue el escepticismo; en el XVII, una resignación estoica; en el XVIII, la felicidad empelucada de las Luces; en el XIX, una melancolía, salvaje o pudibunda, pero disuelta en músicas; ya en el XX, fue la electrificación porvenirista de las vanguardias la que terminó en una angustia existencial, coronada por el hongo atómico. Ahora, comenzado el XXI, parece que es la felicidad, otra vez la felicidad, la que copa el interior de los periódicos. No hay día en que alguien, en cualquier país, en cualquier sección periodística de cualquier diario (economía, cultura, deportes, cocina, etc.), no nos ilustre con el secreto que la felicidad y su sencilla receta.
Uno sospecha que esta búsqueda de la felicidad guarda relación con la sensación general de incertidumbre que atañe a numerosos aspectos de la vida humana. El hecho de que la felicidad actual sea de carácter íntimo, ya nos indica qué tipo de solución se nos sugiere. La felicidad ilustrada fue un empeño social y educativo, fruto de una mejora de la civilidad (el Madrid adoquinado, limpio y alumbrado de Carlos III fue motivo de admiración en Europa), en la que el individuo era también hijo de esta “construcción”, de este Progreso, cuyo avance se esperaba infinito. Hoy que el mito del progreso continuo es una melancólica antigualla, devastada por las grandes distopías del XX, no parece que la apelación a lo público o a lo colectivo resulte una solución sugerente. Así lo indica esta felicidad, tan publicitada, cuya naturaleza es, sin embargo, personal y secreta. Byun-Chul Han ha dedicado su obra a esta inquietud moderna; como también lo han hecho, cada uno a su modo, Baudrillard, Lipovetsky y Bauman. En todo caso, esta aspiración a la unicidad, de linaje oriental, ya estaba en Jung, frente al tumulto patológico que nos había diagnosticado Freud como constitutivo de nuestra existencia.
Hay también un mucho de estoicismo quevedesco en esta nueva frugalidad que se nos recomienda en los medios. Normalmente suele ser alguien afortunado que, con el tiempo, comprendió que el dinero no trae la felicidad. Tampoco es probable que la obstaculice. La poeta Victoria León resume este dilema con exactitud admirable: “Pero no olvides nunca que vivir / es ver amanecer sobre unas ruinas”.
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