Más allá de la piscina |
El reciente fallecimiento del artista visual David Hockney (Bradford, Reino Unido, 1937; Londres, 2026) supone el fin de una era vanguardista que llegaba hasta nuestro tiempo, los coletazos conceptuales del pop art. El pintor británico rechazó en vida cualquier etiqueta y no se redujo al éxito de juventud, aquel que le encumbró a través de las piscinas y las melancólicas postales californianas, sino que mantuvo ávido un hambre insaciable de evolución a través de la tecnología y el estudio de la perspectiva.
Hockney es referido como uno de los grandes artistas del siglo pasado y el presente, y uno de los más productivos, hasta el punto de dudar sobre la cantidad exacta de obras. Los estudios estiman en 35.000 las piezas creadas, lo que por su estilo y volumen podría asemejarse a Picasso. Su cuadro ‘Piscina con dos figuras’ se vendió por más de 90 millones de euros, lo que supuso en su momento el récord para un artista vivo. Antes y después de ese éxito, hubo un hombre carente de vergüenza, por tanto valiente; pero sobre cualquier otro atributo: originalmente inquebrantable.
El origen del pintor se sitúa al norte del país, lejos de algún centro de arte notable y en donde las actividades comunes no pasaban por la pintura. Fue el cuarto de cinco hijos de un matrimonio contradictorio. Su madre, una mujer metodista férrea en su fe. Su padre, un objetor de conciencia de la Segunda Guerra Mundial que escribía cartas de loa a Stalin y odiaba las armas nucleares y el tabaco. Sobre su infancia, Hockney recuerda que no conocía a nadie que hubiese estado siquiera en Londres y los paseos en bicicleta para ver la catedral de York.
El pulso pictórico del niño no tardó en aparecer y crecer. Las limitaciones económicas no permitieron su desarrollo pleno, así que el suelo de su casa y los libros de cantos de la iglesia se convirtieron en lienzos improvisados. Las excursiones al campo se multiplicaron y a los 16 años logró vender su primer dibujo. Era un retrato de su padre, obtuvo 10 libras. Dos años después, tras graduarse y mostrar un talento innato para la imagen, logra ser aceptado en el Royal College of Arts de la capital británica. Lo primero que hizo al salir de la estación fue buscar autobuses rojos para entender que no seguía en su Bradford natal.
Dentro de la institución, Hockney entró en contacto con R.B. Kitaj, pintor del primer art pop, que lo acogió de un modo especial. Los atuendos extravagantes del alumno, con bombín y trajes de colores, no alcanzaban a empañar su esfuerzo laboral, ya que en ese momento pasaba doce horas al día frente al lienzo. Su fama de rebelde y díscolo se forjó rápido, pero la reputación........