Gardenia fracturada
CADA 4 de mayo desde 1973, un grupo de personas se desplaza hasta una tumba en el cementerio de Málaga. Allí dedican un recuerdo a la escritora Jane Bowles junto a la lápida. Varios testigos afirman que el fantasma de la autora aparece ese día, los consuela y se va.
En el camposanto de San Miguel, en la ciudad de Málaga, residen de modo mortuorio múltiples aristócratas, burgueses de fortunas y artistas prácticos, arquitectos en su mayoría. En sus apellidos se percibe un exotismo claro. La excepción proviene de Estados Unidos, de un nombre femenino y una extraña tumba que no se relaciona con el resto de panteones. La autora Jane Bowles (1917-1973) falleció estando internada en un sanatorio malagueño y, solo muchas décadas después, una placa brillante de granito negro reconoce su lugar en el mundo.
Los motivos que llevaron a Bowles a fallecer en territorio andaluz se enmarañan en un nudo de tensiones que vincula a su marido, Paul Bowles, autor de ‘El cielo protector’, entre otras grandes novelas; también a su madre, a sus famosísimos amigos y, en cierto modo, al contexto de su era: la transición hacia la modernidad desde un mundo en declive. Ahora, Anagrama reúne de nuevo su escueta obra en un solo tomo. Ahí se encuentra el texto dramático ‘En el cenador’, los relatos de ‘Placeres sencillos’ y la novela ‘Dos damas muy serias’, que inauguró la colección Panorama de Narrativas en 1981 del mismo sello.
Para hablar de la autora, primero es necesario viajar a Nueva York al borde de los años 20 y su felicidad adinerada. De origen húngaro y alemán, aunque estadounidense; Bowles creció en un hogar de clase media en Long Island. La autoridad la regía un padre severo, acostumbrado al comercio para vivir, y poco favorable a la fantasía. La infancia transcurría entre advertencias al peligro de imaginar o soñar con algo lejos de la realidad. Sin embargo, el precoz fallecimiento del patriarca dejó a esposa e hija en una situación de vacío. Jane, aquejada desde la infancia de un problema de rodilla, terminó de romperse la articulación mientras montaba a caballo. Esa fractura física funciona como metáfora del porvenir. El hueso en añicos marcó el primero de sus declives.
Claire, su madre, toma la decisión de operar a la niña en Suiza y trasladarla al país helvético para su recuperación. Postrada en la cama durante dos años, Jane Bowles conoce la obra de Proust y de Céline, lo que sirve de combustible para una vena creativa que su padre intuía y, en efecto, existía. La intervención y la rehabilitación surten un efecto sanador, pero no total. La joven será coja de por vida y arrastrará una pierna como recuerdo de ello.
Terminar el tratamiento no significó regresar a Estados Unidos. Bowles permaneció en un internado formándose........
