El Lunes de Aguas es otro nivel

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Lo de mañana no es una fiesta. Es la fiesta de las fiestas. La que celebramos todos. La que no mira la edad. La que ... no se suspende por nada. Viene a ser algo así como que hay un gran apagón y nos vamos, como si nada, a comer el hornazo. Luego, pues ya veremos. Si no funcionan los teléfonos, el problema es cómo nos encontramos. Si no hay luz, el gran quebradero es enfriar la bebida.

El Lunes de Aguas no se perdona. Se espera. Es el día en el que se comparten espacios. Que si un tramito del entorno del Puente Romano es para chavales y a unos metros, las familias. No pasa nada. Y todo gira alrededor de un producto estrella del que estamos muy orgullosos y que ejerce durante el año de embajador de Salamanca.

El Lunes de Aguas es todo lo anterior. Y, a la vez, es algo tan simple como reunirnos con quien queramos y compartir una merienda en el campo. Directamente sobre la hierba o en plan señorial, que viene a ser estilo cámping. Y eso, tan sencillo, lo planificamos. Y lo pensamos. Y si llueve, nos fastidia, pero siempre hay plan «b». Y al que viene de fuera se le explica con orgullo la tradición. Lo del Padre Putas, lo de las barcas, lo de Felipe II, que si la Casa de la Mancebía... Quien estudia en Salamanca se suele llevar para siempre el Lunes de Aguas. Y el que se suma para celebrarlo es un salmantino más, aunque vaya con la camiseta del Athletic e insista en que viene de Bilbao.

El Lunes de Aguas es de todos y todos sabemos que existe. No acepta explicación. Es sentimiento. Es el orgullo de ser charro. De tener una fiesta como esta, que es única. El Lunes de Aguas es la celebración que visibiliza a Salamanca como lo que es: una gran ciudad de acogida y con historia.

En diciembre de 2020, la Junta de Castilla y León anunció que, a petición del Ayuntamiento de Salamanca, declaraba el Lunes de Aguas Fiesta de Interés Turístico Regional. Cumple con los requisitos exigidos de originalidad, tradición, valor cultural o antigüedad. Aunque entonces supuso un gran paso, hoy, pasados años y con la fiesta en plenitud, el reconocimiento se queda corto.

El Lunes de Aguas no es solo lo anterior, con ser mucho. No se queda solo en una merienda de amigos alrededor del hornazo. Ni siquiera en lo inusual de mantener la celebración de la vuelta de las prostitutas en barcas adornadas con ramas, el lunes siguiente al de Pascua. Es también el recuerdo de la grandeza de Salamanca en el siglo XVI, como uno de los principales centros intelectuales y religiosos de Europa, cuna del Derecho Internacional.

El Lunes de Aguas es este año el día de las bromas sobre Ábalos cruzando el río Tormes en barca con sus «sobrinas». Es un día tan especial, que incluso pide trabajar por la mañana para valorar la tarde.

Es olvidarse por unas horas de que cada vez estamos más aislados en comunicaciones por la marginación a la que nos somete el Gobierno de España y también por el conformismo. Es aparcar por un rato lo de que tenemos aun menos trenes que hace un año, lo que parecía muy difícil de ver; lo de que la quinta frecuencia a Madrid sigue sin llegar y ni se la espera; que la electrificación del tren parece una invención; o que cada vez es más visible lo de las autovías llenas de baches y la certeza de que las promesas se guardan en cajones.

El Lunes de Aguas es el día en el que nos sentimos de nuevo grandes. Grandes en amigos y orgullosos de ser salmantinos y de salir en el telediario. Posiblemente porque se trata de una fiesta más universal de lo que pone en los papeles. Igual que Salamanca es más grande que el trato que recibe. A veces solo nos falta creérnoslo más para luchar por lo nuestro. Como con los trenes.

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