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Taquigrafía y mecanografía

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05.04.2026

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En mis años de adolescencia, es decir, en la época de lo que entonces se denominaba Bachiller Superior, mis padres, conscientes, por un lado, de ... que los estudios me dejaban bastante tiempo libre y, por otro, de que el ocio es la madre de todos los vicios, decidieron enviarme una temporada a clases vespertinas de taquigrafía y mecanografía. Yo solamente estaba interesado en la mecanografía. La taquigrafía («Sistema Martí», se anunciaba) no se encontraba entre mis prioridades. La academia en cuestión se situaba en el altillo de una librería-papelería, y había dos espacios bien diferenciados para cada una de las especialidades. Lo más que conseguí en el grupo asignado, en el que casi todo eran mujeres, fue aporrear con cierta desenvoltura las teclas de las diferentes Olivettis que me iban tocando, y que evidenciaban la resistencia y reciedumbre de aquellas indestructibles máquinas de escribir.

Mis compañeras competían por alzarse con las plusmarcas de no sé cuántas pulsaciones por minuto, mientras yo tecleaba a mi ritmo siguiendo las pautas que cada día me iba marcando el maestro mecanógrafo y librero a la vez. En mi bisoñez me maravillaba en el seno de aquel peculiar entorno la naturalidad con la que aquellas jóvenes mantenían sus conversaciones y, al mismo tiempo, de forma automática rellenaban páginas y páginas sin mirar siquiera al teclado. Por aquel entonces, y dada la naturaleza libresca del lugar, los temas abordados giraban en torno a las lecturas que el propio librero proporcionaba, entre las que ocupaba lugar destacado las novelas de la colección Reno, de la editorial G.P., con autores como Lajos Zilahi, Mika Waltari, Curzio Malaparte, Frank Yerby, Morris West, o títulos de mucha garra sentimental, como Cuerpos y almas, de Maxence van der Meersch. Por mi parte, debo decir que, si bien no alcancé ninguna excelencia mecanográfica, sí se vieron notablemente incrementadas mis lecturas, gracias a las obras que mis condiscípulas aconsejaban. Curiosamente, aunque doña Elena Francis estaba en pleno apogeo en las ondas radiofónicas, no se contaba con ella en aquellas intensas sesiones de lecturas y mecanografía. En cambio, sí se seguían con fervor los consejos y alocuciones de la Francis en el local de al lado, donde, según rezaba el cartel de la puerta, se cogían puntos a las medias.

Pude colegir de los comentarios relativos a la taquigrafía (que el maestro siempre denominaba estenotipia) que esa modalidad de escritura abreviada se utilizaba ya en la Inglaterra del siglo XVI. En España, Francisco de Paula Martí sería el responsable de que la técnica cobrara carta de naturaleza al transcribir los Diarios de Sesiones de las Cortes de Cádiz. Allí radica, pues, el germen del futuro Cuerpo de Taquígrafos Parlamentarios que llega hasta nuestros días.

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