El odio y los catecismos |
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CompartirConfieso que como no soy experto en jurisprudencia (ni tampoco en prudencia a palo seco) no tengo muy claro hasta dónde puede llegar la categoría ... de delito de odio, tan invocado estos días como consecuencia de otro nuevo chiringuito (perdón, observatorio o parida) que acaba de alumbrarse en esa maternidad donde tantas sandeces supuestamente benéficas y progresistas han visto la luz en los últimos tiempos. Si apelamos a los viejos catecismos, odiar es pecado. En el del padre Ripalda, por ejemplo. A modo de acotación ilustrada y pretenciosa, y aunque no venga a cuento –de ahí lo de pretenciosa-, ese famoso catecismo lo tradujo a la lengua gaélica en la última década del siglo XVI un notable personaje que durante varios años fue estudiante en el Colegio de Nobles Irlandeses de Salamanca, y más tarde rector del mismo: Florence Conry, franciscano muy crítico con los jesuitas, orden a la que, dicho sea de paso, perteneció el turolense Jerónimo de Ripalda (también salmantino de adopción durante un tiempo). Si bien en determinadas regiones, como esta en la que habitamos, ganaba en popularidad otro catecismo de la doctrina cristiana: el del no menos salmantino padre Astete, también jesuita y plenamente contemporáneo del baturro Ripalda.
Antes odiar acarreaba una pena variable según se tratara de pecado mortal o venial. En este último caso, tantos días de Purgatorio redimibles con una leve penitencia. «Padre, me acuso de haber odiado a Hacienda». «Eso está muy mal, hijo, has pecado contra la humanidad en su conjunto, porque Hacienda somos todos; y dime, ¿cuántas veces?». «Al menos una vez al año, porque cada vez que tengo que hacer la declaración me vienen a la mente torpes tocamientos con la Agencia Tributaria». Y con tres o cuatro padrenuestros se arreglaba todo (además de la paralela, claro).
Ahora, a mayores (por recurrir a la tan típica locución adverbial de nuestra tierra), se nos insiste en que odiar es delito punible, con independencia de las posibles y personales consideraciones morales al respecto. Punible, pero no en las calderas de Pedro Botero, sino en los próximos a anunciarse «tribunales de orden público y desafección manifiesta», de cuyos reos dará cuenta la ministra de la cosa al menos dos veces al año, en una confesión general laica ante la ciudadanía en su conjunto.
Y en ello estamos. Diremos amén, porque, como los perros del herrero, estamos ya acostumbrados a dormir al son de las martilladas. Sin embargo, lo que más me preocupa es que nuestros escolares comenzarán a escribir de manera habitual odio con hache. O sea, hodio. Como hacen ya con glovo. Y a ver quién les explica en la escuela que eso no es más que una licencia poético-ortográfica. Porque decirles que es una memez, gilipollez o cojudez sería, lógicamente, delito de hodio.
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