El espejo roto |
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CompartirCuando, como a todos ustedes, me salían ya por las orejas porcentajes de voto, evolución de repartos de procuradores, elucubraciones sobre proyección de estos ... resultados del domingo a otras posibles citas electorales, hice un barrido por la parrilla en busca de un momento de misericordiosa evasión y los dioses del celuloide me bendijeron con la inesperada aparición de El apartamento.
No sé cuántas veces la he visto, quizá mi favorita de Billy Wilder, pero siempre me impacta como la primera vez esa escena poética y triste del espejo roto. Ya saben, C.C. Baxter es un oficinista que cuenta con el patrimonio de vivir solo en un apartamentito bien situado, cuya esporádica cesión de uso a sus diferentes jefes para sus escarceos espera que le depare un ascenso. El problema es que su jefe directo le pide en un momento dado el uso exclusivo de ese pisito, entre otras cosas para encontrarse en él con Fran Kubelik, la ascensorista de la que Baxter está enamorado.
Es a través de un espejo de mano roto cuando nuestro oficinista descubre la verdad. A él se le quiebra el corazón porque sabe qué significa que ese espejo que ha encontrado en su casa sea de ella y Kubelik simplemente dice que no le disgusta que esté rajado: «así me veo tal como me siento».
Me pregunto en qué espejo nos estamos mirando y, sobre todo, en qué espejo quieren que nos miremos tras estas largas semanas de ruido electoral. Si algo me ha llamado la atención del seguimiento mediático nacional del que hemos «disfrutado» es la visión distorsionada que al parecer existe de nuestra comunidad. Reportajes y reportajes sobre señores en su tractor, ganaderos resentidos, pueblos vacíos sin bar o un triste peregrinar de ancianos tras su médico (curiosamente publicado como crítica por un medio que ha aplaudido el pacto de financiación autonómica entre Sánchez y ERC que precisamente no tiene en cuenta la dispersión como criterio corrector para recibir los fondos).
Sin duda todas esas cosas existen, pero nadie ha hablado de centros de investigación, de la universidad más antigua en español, de los esfuerzos de empresas innovadoras, de cómo cada uno se busca la vida como puede bajo el sol del lejano oeste tras años de olvido de unos y otros. Y una cosa sin la otra, es mentir un poco.
El oficinista y la ascensorista de Wilder arrastran la desdicha de no ser nadie. Un empleado solo bien visto por sus jefes porque les permite contar con un piso franco y una pobre chica enamorada que en el fondo sabe que su amante nunca va a dejar a su mujer por ella. No sé qué papel darle a Castilla y León en este reparto, pero está claro que a veces se la trata como si no fuera nadie. Un sitio bonito donde ir los puentes y comer bien, pero que cuando se apagan las luces del apartamento se queda vacío.
Vuelvo a la pantalla. Baxter y Kubelik al final, quién lo diría, se reparten las cartas. En breve veremos la misma escena, pero sin Wilder.
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