Nuremberg

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«Sinceramente Doctor Kelley, usted trató con los nazis y reconocerá que son un pueblo único» preguntaba el locutor de una radio estadounidense a Douglas ... Kelley, uno de los psiquiatras que atendió a los líderes nazis durante su encarcelamiento previo al juicio de Nuremberg. Kelley presentaba un libro en el que recogía sus conclusiones tras entrevistarse con monstruos como el comandante en jefe Hermann Göring.

«No son un pueblo único -puntualizaba el doctor-. Hoy en día hay personas como los nazis en todos los países del mundo». «En Estados Unidos no», le cortaba el presentador, a lo que Kelly respondía: «En Estados Unidos sí, su patrón de personalidad no es nada insólito. Son personas que quieren tener el poder y aunque usted diga que no las hay, yo le digo que yo estoy seguro de que hay gente en este país dispuesta a pasar por encima de los cadáveres de la mitad de la población si con ello se hicieran con el control de la otra mitad. Avivan el odio. Es lo que Hitler y Göring hicieron y es de manual. Y si cree que la próxima vez que ocurra lo identificaremos porque lleven uniforme es porque están locos de remate». Llegados a este punto, el presentador corta la entrevista y expulsa del estudio al psiquiatra, viendo peligrar su trabajo, ante un invitado con tan insolente y desinhibida lengua.

El diálogo pertenece a «Nuremberg: El Juicio del Siglo», la película de James Vanderbilt, protagonizada por Malek y Crowe, con la que un servidor se entretuvo este domingo a falta de algún buen partido de fútbol en la jornada.

Hay películas a las que uno se acerca a pasar una relajante tarde de cine y de repente te agarran de la solapa y no te sueltan. Esta es una de ellas, y aunque puedan salir malheridos permítanme que se la recomiende. Vivimos tiempos oscuros donde los viejos fantasmas de la crueldad humana parecen estar más enloquecidos que nunca. Y lo que es peor: se multiplican sus inconscientes e irresponsables apologetas. Los paralelismos de esta historia con la actual ruptura del orden mundial basado en leyes y acuerdos que intentaban salvarnos de la barbarie han saltado por al aire ante el regocijo y el negocio de los fuertes y poderosos. Nunca fue tan necesario reflexionar sobre esta frase de R. G. Collingwood también aparece en esta película: «La única pista para saber de lo que es capaz el hombre es lo que el hombre ha hecho».

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