La capital del Apocalipsis |
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CompartirCada vez que se acerca una campaña electoral, Salamanca entra en una dimensión paralela. Basta con que un líder nacional convoque un mitin para que ... la ciudad pase de ser tranquila a convertirse en símbolo del colapso. El lunes, Santiago Abascal la elevó y no por su patrimonio, ni por su Universidad, sino porque, de repente, pasó a ser el epicentro de todos los males de España. La capital del Apocalipsis.
Todos los ingredientes estaban presentes: auditorio casi lleno, banderas, aplausos y un diagnóstico exprés de su telonero, Carlos Pollán. Descubrió que aquí hay una inseguridad «creciente», poco menos que una ciudad sitiada; que el precio de la vivienda está peor que en Madrid; que los jóvenes huyen; los hospitales se colapsan de inmigrantes que, además de delinquir, se quedan.
Que Abascal elija Salamanca como parada de su gira entra dentro de la lógica partidista. Lo discutible es la venta desde el atril de medias verdades amplificadas. La dramatización calculada que bordea el engaño.
No, Salamanca no tiene la vivienda más cara que Madrid. Ni se acerca. Lo que indican los informes es que ha sido una de las capitales donde más ha crecido el alquiler en términos porcentuales. No es lo mismo crecer más que ser la más cara. Pero el matiz no llena un pabellón.
No, los datos oficiales no describen una ciudad fuera de control en materia de seguridad. Si acudimos a las cifras objetivas, Salamanca no encabeza ningún ranking de inseguridad. La tasa de criminalidad se sitúa por debajo de la media nacional (40,6 delitos por cada 1.000 habitantes) y es comparable a la de otras provincias de Castilla y León. No vivimos una explosión de criminalidad descontrolada que justifique discursos apocalípticos.
No, Salamanca no sufre un éxodo juvenil imparable. De hecho, encadena tres años consecutivos reduciendo la salida de jóvenes y las últimas cifras oficiales apuntan a un cambio de tendencia: llegan más de los que se marchan. ¿Existe un reto demográfico? Sí. ¿Ayuda convertirlo en caricatura hasta describir Salamanca como una estación de despedidas perpetuas? No.
Y la inmigración… ese recurso infalible en campaña. Se afirmó que saturan las Urgencias del hospital y que los delincuentes extranjeros se quedan aquí. Sin embargo, los datos oficiales sitúan a esta provincia entre las que más expulsiones ejecutan del país a través de la cárcel de Topas. La realidad, otra vez, resulta más compleja. El patrón se repite: se toma un dato parcial, se estira y se convierte en diagnóstico absoluto. Salamanca no necesita ser el escenario del apocalipsis electoral de nadie.
Y eso no va de siglas, sino de carácter. No necesito que me expliquen Salamanca desde Madrid quienes solo la pisan en campaña. Tampoco es patrimonio de un único color político. A veces uno ha pensado, medio en broma y medio en serio, que nos defenderían con más convicción desde Lisboa que en Madrid.
Estas elecciones no son una segunda vuelta de Aragón ni de Extremadura. No van de Sánchez, de Feijóo ni de Abascal. Van de aquí. Del terruño. De si alguien está dispuesto a plantar cara cuando haga falta.
La campaña debería ir de escuchar. Pero de verdad. Sin focos. Reuniéndose con quienes no les quieren. Porque un mitin lleno de afiliados tiene el mismo efecto que un discurso frente al espejo: uno siempre tiene razón. Yo, estos días, solo pido respeto al votante. Y respeto significa no utilizar el miedo como herramienta electoral ni convertir medias verdades en diagnósticos absolutos. El lunes, eso no ocurrió.
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