Ese cuerpo que ella habita
Desde siempre se nos ha dicho que la belleza es etérea. Que eso desaparece. Que es fútil. Banal. Que lo importante es la experiencia ganada, para cuando la vejez asalta por sorpresa. A pesar de que luchamos para mantenernos jóvenes y radiantes, lo gris acaba llegando. Por eso porfiamos, aunque sea con un carmín mal pintado sobre los labios arrugados. Insistimos con el rosado en los pómulos, cuando el rubor natural hace años nos abandonó. En lo más profundo resistimos, luchando contra los destrozos del reloj. El tiempo agranda las estrías, no al contrario. Encoge la presencia y esconde la gallardía. Los saberes, en cambio, van a más. El intelecto se agranda mientras las carnes se reblandecen y, ni todas las operaciones de estética, te librarán de ser una enjuta calavera.
Lo escuchas una y otra vez. Hasta que ya lo asumes. Hasta que te hartas. Entonces ocurre. Un jueves, también podría ser un martes casi amaneciendo, te la encuentras desnuda, desorientada, pero igual de hermosa. Con todos los años encima, con todas las canas y mil historias en la piel, con su sonrisa radiante. Un día, una mañana; sin aviso, ella se ha ido. Su gracia y sus ideas. Los silencios y las reflexiones. También algunos enfados. Ella se ha ido. Sólo está su cuerpo. Ya no te conoce. Ni te recuerda. Ni sabe tu nombre ni mucho menos si eres su hijo, su hermano o su mismísimo padre. Se fue, ya no está.
Entonces queda el cuerpo. Esos rasgos familiares. Te toca convivir con ese cuerpo donde habita un ser querido. Ese al que creías conocer, pero ya no. Ahora parece otra persona. Ni sabe quien eres ni te espera. Ahí es cuando la figura vuelve a ti, el cuerpo. Ahora toca echar mano de los recuerdos. De como cruzaba las piernas en la terraza aquella noche, cuando os conocisteis. Ahora es tu turno. Volver a enamorarla, a cada instante. Hacerlo, además, por los dos. Pedirle permiso para cogerle la mano. «Disculpe usted mi atrevimiento, tiene unas manos preciosas. De pianista. ¿Tocaba usted?». Es el momento de aconsejar una sombra azul eléctrica —muy punk— y eyeliner a tope. A ella, que de joven presumía de aquellos maquillajes tan setenteros y después nunca se atrevió a mostrarlos de nuevo. A ella, siempre rebelde.
Ha llegado la hora: el triunfo del cuerpo sobre las ideas. Nadie lo espera y un día te sorprende. Como el boleto premiado de una lotería que no compraste. Apenas lo encontraste. Igual que ella, cuando te encuentra en su cama cada mañana. «¡Haga usted el favor de salir inmediatamente de mi dormitorio! ¿Pero qué se cree? ¡Qué son estas confianzas!». En tu interior aulla un lamento.
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