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Lo que queda de MAGA

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22.03.2026

La dimisión de Joe Kent, director del Centro Nacional Antiterrorista, ha causado revuelo en el movimiento trumpista. Kent dice que no puede seguir en su puesto porque no cree en las razones que se expusieron desde el Gobierno para iniciar la guerra en Oriente Próximo. Según él, Irán no representaba un peligro inmediato para Estados Unidos, sugiriendo además que su país se dejó influenciar por los intereses del gobierno israelí.

Kent tiene un historial limpio como creyente del movimiento; radical en el fondo y en las formas, es una persona que expresa pensamientos extremistas y difunde teorías de la conspiración, respondiendo así al típico perfil del “hombre MAGA”: cree que a Trump le robaron las elecciones en 2020 y defendió a los vándalos que asaltaron el Capitolio. En suma, Kent no era un funcionario que pasaba por ahí, sino un ideólogo y un soldado (también es militar) entregado a la causa.

Esta dimisión no es sino el reflejo más evidente de la guerra interna que está padeciendo la nueva derecha populista. La causa fundamental es Israel. De ahí que los críticos de Kent se apresuraran en acusarlo de antisemita. Algunos destacaron sus conexiones con grupos nacionalistas y supremacistas blancos. Lo hacen ahora. Ahora. Porque, durante mucho tiempo, sus malas influencias no parecían importar, mientras Kent se ajustaba al guion impuesto desde arriba.

En las entrevistas que Kent concedió tras su renuncia, especialmente la conversación con Tucker Carlson, no se aprecian rasgos de antisemitismo, pero sí una crítica (con la que se puede estar de acuerdo o no) al poder que ejerce Netanyahu en la política estadounidense. En su discurso, no obstante, se puede detectar un tono conspiranoico (dice que no se investigó lo suficiente una posible trama extranjera en el asesinato de Charlie Kirk, dando pábulo a las teorías de que Israel pudo estar detrás de la muerte del activista). Y, como ocurre con otros tantos disidentes de MAGA, Kent no suele criticar a Trump personalmente; el presidente, cuando se equivoca, siempre es una pobre marioneta en manos de poderes ocultos.

Los que pretenden arrojar a Kent a la hoguera son los mismos que lo crearon. Kent, hasta hace pocos días, era un chico ejemplar: un patriota, un veterano de guerra, un hombre de Dios… Ahora descubren que Kent era un fanático y un fascista. El pasado oscuro de Kent solo comenzó a resultar problemático cuando se contrapuso con su perspectiva sobre el papel de Israel en el conflicto iraní. Entonces sus conspiraciones se volvieron peligrosas y sus opiniones injustificables. Pero esta es la misma persona que, cuando convenía, fantaseaba con el fraude electoral y promovía una ideología radical. Un hombre de bulos e ideas excéntricas elevado a una posición de mucha responsabilidad. Su sensibilidad ideológica no importaba tanto cuando estaba con ellos en todo. Ahora se ha atrevido a discrepar en algo y los partidarios de la guerra se rasgan las vestiduras. Resulta que el patriota, ay, era un nazi.

Ocurre que el movimiento MAGA fue impulsado precisamente con la fuerza de estos fanatismos que ahora algunos encuentran molestos e inservibles. Pero los monstruos ya se han creado. Y tendrán que convivir con ellos. Todavía no conocemos las evidencias. De momento es la palabra de Kent contra la del presidente. Como ocurrió con las armas de destrucción masiva en Irak, probablemente lo sabremos cuando el daño ya se haya realizado (y sea irreparable). Pero lo que sí sabemos es que, si Kent es peligroso, no lo es por su posición respecto a esta guerra (aunque ahora también le acusan de filtrar información confidencial). Si es peligroso ahora, es que siempre lo fue. Lo que pasa es que, en este momento, ya no es útil. Y no es descartable que, paradójicamente, esta hipocresía acabe destruyendo el movimiento MAGA. Que, de manera oficial, ya solo queden en él políticos profesionales que sobrevivieron a base de explotarlo, mientras los purgados continúan buscando en internet la utopía de hacer a América grande de nuevo, más allá de los trumpistas que nunca entendieron a Trump, atrapados en la melancolía de la revolución traicionada.


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